Literatura
"Cuando el otoño encontró el amor en la primavera"
Cuento enológico por Rodrigo Alvarado Moore
Extraído del libro “Los Caminos del Vino” Editorial Universitaria 1999
En un país muy lejano donde el vino supera a la poesía, un otoño reposado y cabizbajo, en pleno verano, recibió en sus dominios a la primavera llena de luces y lozanía. Su corazón experimentado, pero aún carente de marchitez, quedó obnubilado ante tanta belleza olorosa a flores y a limón fragante. Además, la primavera presentaba ojos de gata siamesa y como ella, esbelta elegante, digna y ponderada.
Pasó un tiempo y el otoño que ve nacer todos los años al Cabernet Sauvignon de alma grande, se vistió de él, y con el fuero que otorga el vino osó decirle a la primavera que sin saber por qué, sin una pizca de racionalidad, por primera vez en su largo devenir hacia el estado otoñal, había encontrado en ella (la primavera) el significado de la palabra AMOR. Amor integral, profundo y cósmico.
Frente a tan contundentes elucubraciones, ésta se vistió de una túnica de vino Gewürztraminer, único adecuado, concordante con su belleza y fragancia y le dijo al Cabernet Sauvignon otoñal que le admiraba, que sentía respeto por su alma, pero que un coupage entre los dos era impensable. Iría contra todas las normas enológicas más elementales, agregó.
El Cabernet Sauvignon aceptó la verdad expuesta, pero replicó que en la vida las distancias entre la cordura y la locura son, a veces, tenues. La locura cuando no es patológica crea, además de poesía, otras manifestaciones nobles que tanto el alma como el cuerpo poseen. Acotó también que la separación de ambos entes es sinónimo de muerte, pero que ambos unidos y complementados son una muestra fehaciente de la vida plena y noble. En pocas palabras, el Cabernet Sauvignon otoñal le confesó a la Gewürztraminer primaveral que la amaba con AMOR integral.
La Gewürztraminer se ruborizó. Le replicó que ella estaba llena de flores, vigor, fuerza y era una explosión de vitalidad. Que las abejas y las mariposas pululaban por su entorno y que aves errantes y multicolores del hemisferio norte volaban prestas, para venir a amarla o bien rendirle pleitesía.
El maduro Cabernet Sauvignon no se inmutó. Su reposada evolución enológica (bañada en noble vino, por supuesto], le replicó a la primavera que jamás tendría la osadía de perturbar ni envidiar a quienes la acosaban con sus requiebros amorosos. Sin embargo, le hizo notar que la primavera aunque espectacular y voluptuosa, es derrochadora de afectos livianos y pasajeros: ¿Cuántas flores llegan a ser frutos? ¿Cuánto polen fugaz alcanza a abrazarse con una futura flor? ¿Cuan errantes son los pájaros, siempre huyendo del otoño y abominando del invierno? Recordemos, agregó, que lo más noble creado por la naturaleza, complementado por el trabajo del hombre, el vino, nace en otoño. Que el otoño también manifiesta su pasión en hojas de distintos tonos, que se preparan con dignidad para recibir el Invierno (¿Ha visto, señorita primavera, la sobria sinfonía cromática que presentan los abundantes parques de Nueva York en otoño, precisamente?, le preguntó). La Gewürztraminer primaveral y felina le replicó al otoño que sus explicaciones, aunque tal vez profundas, no alcanzaban a conmover su dinámico ser. Que sentía respeto (y a lo mejor algo de amor, con minúscula] por el otoño, pero que ni siquiera su mano permitiría las caricias que él deseaba. Éste, comprensivo y resignado, sin dramatismo ni penas (el otoño está siempre curtido), y sin decir palabra, caviló en silencio que, aunque va camino del Invierno, que es la antesala del más allá, dispone de todo el tiempo del mundo.
Puedo esperar para siempre, continuó su pensamiento, porque, después de todo, esperar es sinónimo de amar.
La hermosa e inédita relación sentimental de la primaveral Gewürztraminer con el otoñal Cabernet Sauvignon, provocó en éste múltiples sensaciones de felicidad, nunca antes experimentadas por vino alguno. Todo esto dentro de la más pristina y elevada convivencia sólo espiritual, pues por incompatibilidad enológica elemental, jamás existió ni la más inocente relación física. En espacios recónditos y no visitados anteriormente, en el alma del Cabernet Sauvignon se cobijaron sentimientos amorosos que hacían vibrar todo su líquido ser. En cambio la Gewürztraminer, a pesar de disfrutar algunos instantes de la relación amorosa sentimental, se sentía incómoda, porque la misma no le parecía congruente con su frescura, fragancia, lozanía y notas de frutos silvestres.
El evolucionado Cabernet Sauvignon, desde el comienzo de este romance, intuyó que la realidad percibida por ella era ésa. Por lo tanto, se propuso ser prudente y moderado, pues siempre comprendió que sus características enológicas lo hacen apto para ser bebido sólo de vez en cuando, con alimentos muy escogidos. No se trata de un vino para "el consumo diario". Sin embargo, su irracional amor pudo más que la natural prudencia que indicaban las circunstancias y por ello acosó a su amada con requiebros amorosos, excesivos, pequeños regalos y muchos otros detalles propios de un alma en éxtasis, casi infantil. Era explicable (de cierta manera), pues sobre él influían nuevos hemisferios de su espíritu que eran inexpertos. ";Nunca antes habían sido visitados, a pesar de su ya dilatada existencia!", insistió para autojustificarse.
Toda la persistencia amorosa del Cabernet Sauvignon fue demasiada carga afectiva para ella y decidió hacérselo presente, sin ambages, a su pretendiente. Por ello, a comienzos del invierno le declaró, con vehemencia, sentirse invadida en su intimidad, acosada y encerrada en una bodega obscura, mientras que ella deseaba vagar por el mundo y amar con pasión, concordante con su fuerza primaveral. El Cabernet Sauvignon aceptó con estoicismo este abrupto fin a una relación que él deseaba para siempre. Pero por desgracia, dado el estilo, drástico por decir lo menos, elegido por su amada, sus más sensibles fibras de dignidad las sintió zaheridas. Por unos instantes con estupor se vio como transformado en un vulgar pipeño de cantina clandestina, caído desde su pedestal de vino noble, al que siempre había estado acostumbrado. Pero, de inmediato, con ojos serenos y secos como un desierto estéril, duro como una roca nerudiana, acogió y asimiló el golpe que, en realidad, careció en esta única oportunidad, de la fineza propia de la Gewürztraminer. Explicable, pues los vinos blancos finos no han experimentado del tráfago del tiempo que borra aristas, a veces hirientes. No se le puede pedir a las almas jóvenes que sean tenues al expresar sus sentimientos, o que lo hagan con la suavidad propia de un vino evolucionado.
Pero el Cabernet Sauvignon recuperó pronto su calidad de tal y con digna serenidad le explicó a la primaveral Gewürztraminer que el espacio de su alma que ella desocupaba con dureza, desde ese instante quedaba vacío, pero que del mismo no podía barrer la nobleza de su aroma ni el sabor frutal, propio de su variedad exquisita y selecta, que ella le había impregnado. Por lo tanto, la seguiría viendo con cariño por siempre jamás y sería con ella, no como un padre, pues nunca lo invadió ese sentimiento. Más bien podría asimilarse a una suerte de guía enológico que se comprometía a no pronunciar nunca más la palabra amor, ni nada relacionado con este noble vocablo. Ella, ya serenada de su explosiva catarsis, aceptó la oferta y calmó su espíritu.
El Cabernet Sauvignon reflexionó y concluyó simplemente que, al igual que Shakespeare y Mendelssohn, había gozado de su propio Sueño de una noche de verano. Con ello él había puesto al vino, tal vez por primera vez en su larga historia, a la altura de dos eximios exponentes de la literatura y la música. Satisfizo así su ego y se consoló además, repitiendo en sordina, que "los sueños, sueños son como pompas de jabón que se rompen al chocar".
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