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Literatura

¿Por qué el vino salvó el alma de Neruda?, Rodrigo Alvarado Moore

Neruda

La muerte de Neruda provocó gran congoja en el mundo, pero serios problemas en el Cielo y el Infierno. Dada la enorme magnitud y densidad de su alma generó desusada curiosidad en ambos extremos del Más Allá. También fue motivo de una alianza desconocida hasta entonces. En efecto, los ángeles celestiales y los infernales convinieron en unir fuerzas y así poder transportar a tan grande espíritu pues, separadamente, la labor era demasiada ardua, casi imposible.

Una vez reunidos, el jefe de los ángeles malignos convenció al resto de los alados que transportarlo al Infierno era una misión segura. Argumentó que en vida, el alma que portaban nunca honró a Dios, odió a los curas e insultó reiteradamente a los obispos. Nadie se opuso a estos argumentos. Además facilitó la decisión el hecho de que todos los ángeles estimaban, sin confesarlo, que tan voluminosa alma era menos esforzado llevarla a las profundidades del Infierno, que subirla a las alturas del Cielo.

Cuando llegaron a las cavernas del fuego eterno, Satanás estaba vestido de gala para recibir a tan ilustre futuro huésped. Pero su decisión original de incorporarlo a sus dominios fue drásticamente reconsiderada. Vio en esta alma tanta nobleza que tras una rápida elucubración decidió que su presencia en las profundidades del mal le echaría a perder toda su "selecta" población de escoria humana. Juntarla con la de genocidas, asesinos confesos y no arrepentidos, pederastas, escaladores sociales y otra serie de profesionales de la maldad, le ablandaría la estricta disciplina de su dominio. Además, tanta belleza le enfriaría las calderas de sus instalaciones, con lo cual su presupuesto relativo a gastos de carbón no podría cumplirse. Con frialdad, muy contraria a su estructura ardiente, notificó a los portadores que no recibiría el alma de Neruda y ordenó que de inmediato se la llevaran al Cielo, lo que él explicaría a San Pedro a través de un detallado fax.

Para cumplir esta misión hubo que llamar a los querubines y serafines que se encontraban en el Cielo, para suplir la fuerza de los malignos quienes quedaron excluidos de la misión, pues los fluidos del bien, que provenían de arriba, no les permitía acercarse al Edén. El mismísimo Arcángel San Gabriel comandó la operación.

En las puertas del Paraíso, San Pedro esperaba cabizbajo. La comunicación de Lucifer no le convencía para nada. Al llegar la caravana ya era tarde. Por lo tanto Pedro, como ser de origen humano después de todo, decidió ordenar el depósito de esta gigantesca alma en las puertas del Cielo, "hasta mañana, para mejor resolver". Además, se auto justificó pues el espíritu de este mortal no cabía por la puerta del sagrado jardín, era demasiado grande.

Neruda

Pero ocurrió lo inesperado. Esa noche el Padre Eterno decidió pasear por sus dominios y al cruzar frente a la puerta común de entrada, observó el alma de Neruda. Este hecho que rompía sus normas de orden interno lo perturbó y por ello llamó de inmediato a Pedro, para pedirle una explicación. "Padre mío, le señaló Pedro, se me presentó un problema imprevisto pues no hay concordancia entre la conducta de este hombre en la Tierra y el tamaño de su alma. Discurrí, agregó, que jamás se le ocurrió siquiera seguir tus mandamientos, ni menos tus sacramentos. Se casó varias veces, tuvo amores y amoríos; escribió Veinte poemas de amor y una canción desesperada, que generó muchos amores carnales prematuros; se dio el lujo de escribir Residencia en la Tierra y no tuvo la delicadeza de mirar jamás al Cielo. Creó las Odas elementales en las que honró hasta a una abominable lagartija y tú, Padre Mío, no fuiste considerado para nada".

Dios lo interrumpió con cierta severidad. "No te olvides, Pedro, que todo lo sé desde la eternidad", le dijo. "La relación que me has hecho es innecesaria, pues conozco todos sus quehaceres y pensamientos desde el día que nació en Parral, el año 1904. Este hombre, como todo lo que existe en el Universo, formó parte de mi creación. Su alma siempre fue y es motivo de mi ocupación diaria. Tanto que mantuve una línea directa permanente con él, pero él nunca se dio cuenta que era Yo quien estaba al otro lado de ella, pues sus inspiraciones poéticas lo cegaban. Es cierto que tus argumentos para rechazarlo son poderosos. Pero recuerda, agregó, que una buena obra puede destruir todas las fuerzas del mal. El no practicó el mal. Lo que ocurre es que amaba mucho a sus semejantes y las cosas que yo creé, como por ejemplo la humilde lagartija, que también es obra mía. He cavilado, Pedro. No me ha sido fácil, pero he decidido recibir esta alma en el Reino de los Cielos. Baso mi decisión en la obra que lo redimió, su "Oda al vino". Con ella rindió un homenaje celestial a mi bienamado Hijo, Jesús, quien a instancias de su madre, María, multiplicó el vino en las Bodas de Cana, para así mostrar por primera vez a los hombres su origen divino. Y, más importante aún, mi Hijo eligió al vino en la Última Cena para representar su propia sangre, que redime al hombre del pecado. Mi decisión, Pedro, es inapelable.

"Y por lo tanto, te ordeno que abras de inmediato la puerta grande del Cielo, la que se ocupa para recibir a los santos, y lo hagas entrar con los honores correspondientes. De alguna manera esta alma, cuando era hombre, fue también un santo, aunque nunca lo sospechó".

Desde entonces Neruda está a la siniestra de Dios Padre.

Extraído del libro "Los Caminos del Vino" de Rodrigo Alvarado Moore. Editorial Universitaria. 1999.

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