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Literatura

El Vino Nace en Otoño, Rodrigo Alvarado Moore

Otoño: Óleo sobre lienzo, Carmen Chamorro

QUIERO REIVINDICAR EL OTOÑO. Dentro del permanente e inexorable ciclo estacional casi siempre se le asocia con lo decadente o lo preterminal. Neruda, en el último verso de su "Poema 14", dice quiero hacer contigo / lo que la primavera hace con los cerezos. Hermosa imagen de un rosario de bellos poemas de amor. Pero me pregunto: ¿cuántas flores llegarán a ser frutos y que número de ellas alcanzará la plenitud de la madurez? La primavera es adolescente, espectacular y caprichosa; anuncia, promete, pero no es el acto sino, apenas, un esbozo de la potencia. El otoño es acto integral puro, con una suerte de sobriedad conventual, de gran trabajo y esfuerzo silencioso. El mismo Neruda en su "Oda al Vino" lo dice en un solo verso, trabajó el otoño / hasta llenar de vino las vasijas.

Ello es absolutamente cierto. Hay frutos que maduran en primavera. Sin embargo, las uvas capaces de servir como materia prima para producir buenos vinos aún no han llegado a su plenitud antes del otoño, salvo unas pocas que lo hacen a fines de verano, en zonas muy cálidas.

La tecnología en general y la genética, como base de la revolución en la productividad agropecuaria, han logrado milagros que llenarían de asombro. Pero ninguna de estas maravillas ha podido suplir la que exige el vino: la sapiencia y madurez del otoño, expresada en un racimo de uva vinifera noble, casi siempre pequeño, de grano enjuto y mientras menos productivo, mejor. Se dice que las mejores parras son aquellas que en lugar de dar uvas dan lástima. Ocurre que la lástima es un sentimiento tan, noble como el amor. Lo único que está prohibido' es mezclarlo, pues de ello nace la esterilidad.

En el viñedo chileno, tal vez como consecuencia de disposiciones legales que prohibieron nuevas plantaciones entre los años 1939 y 1974, se buscó un incremento sustancial de la productividad unitaria. Para ello se recurrió a cambios drásticos en los sistemas de conducción de las parras, pasando de la tradicional espaldera baja y densa a los sistemas californianos con elevada altura y baja densidad, o bien a las formas de parrón comunes en Chile para conducir vides productoras de uva de mesa. La búsqueda fue positiva, pues se registró un notable incremento de rendimiento por hectárea. La lástima se volvió admiración, pero ésta, muy cercana a la vanidad, olvida que la fertilidad no sólo se expresa en el volumen. En efecto, hay formas más nobles de hacerlo, entre las que están, por ejemplo, el equilibrio, la fineza y la sensibilidad, por nombrar sólo unos pocos atributos. Estos conceptos, además, nos enseñan que lo material, lo físico, lo palpable, el //ver para creer". es una relatividad que avala la existencia del alma y el valor de lo inmaterial. ¿Se pueden tocar la amistad, el amor o la pena? ¿Es posible depositar en un banco los buenos recuerdos?

El vino es un compendio de fertilidad. Requiere de una materia prima que ha recorrido las cuatro estaciones con más armonía que Vivaldi. Pero, además, exige la actividad biológica de la fermentación, fenómeno bioquímico que, con una gracia que envidiaría el más sabio de los alquimistas, transforma el azúcar de la uva en alcohol y desprende a la atmósfera anhídrido carbónico.

Amo al vino, amémoslo todos, porque es una muestra de vida, equilibrio y expresión divina. El vino nace de las entrañas de la tierra, con el trabajo del agua, el sol y las levaduras que pululan por el aire. Nos comunica con lo natural; ello nos hace amar la vida y aceptar la muerte. Es una muestra posible de visualízar en el campesino, en contraste con el hombre de ciudad. Para aquél, nacer o morir es parte del hecho de ser y lo acepta con más conformidad porque lo palpa y sufre, o goza, ya que es de este mundo. El hombre de ciudad capta en forma borrosa este devenir, porque la máquina y el cemento, de cierta manera, le automatizan el alma y le cubren el corazón. Este robotismo tiene un remedio que se llama vino, que vino con Noé, vino a nosotros, viene a quienes creen y trae al ser divino. ¡Viva el vino bueno! Celebremos el otoño, pues anuncia el nacimiento de la más noble bebida que da la creación.

Extraído del libro "El Mundo del Vino" de Rodrigo Alvarado Moore (crónicas de un enólogo). Editorial Turiscom. Santiago de Chile, 1997.

Otoño: Óleo sobre lienzo, Carmen Chamorro.

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