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Literatura

Libro "Crónicas e Historias escritas con Vino"

PRÓLOGO

Crónicas e Historias escritas con Vino Rodrigo Alvarado es incansable en la misión que se propuso -y que ha cumplido con creces- de rendir homenaje a las virtudes del vino y formar conciencia acerca de lo que ellas han significado para Chile y de nuestro deber de protegerlas y perfeccionarlas. En esta nueva obra -Crónicas e Historias Escritas con Vino- reúne parte de sus crónicas del último tiempo y, separadamente, una selección de textos de la más variada naturaleza, motivados asimismo por ese producto señero del esfuerzo humano. Como siempre, hay aquí datos sorprendentes, memorias de hechos y personas, reflexiones propias y consejos para viñateros, enólogos y autoridades destinados a prevenir los desafíos que pueden afectar el futuro de la vitivinicultura nacional.

Para empezar por lo último, no está demás recordar su pronóstico de hace siete años (desoído por muchos) sobre el error de aumentar en exceso las plantaciones, y su propuesta de concentrar esfuerzos en los vinos de primera categoría, ante la invasión masiva de bebidas alcohólicas de nivel inferior, en especial entre la juventud. Pero no todo es predicación o advertencia, pues abundan las curiosidades, más de una vez resultado de su investigación personal; el reconocimiento emotivo de quienes han prestado grandes servicios a su causa, y las joyitas halladas en libros clásicos como La Biblia o el Quijote (inolvidable la "expertisse" de Sancho Panza como catador) y en la poesía de Neruda.

Sólo a título de ejemplos significativos de esa diversidad de aspectos que aquí se abarcan, merecen señalarse lo que cuenta sobre la arroba, en su doble alcance de medida vinícola tradicional y de signo para el moderno correo electrónico; las precisiones de un estudio del Dr. Patricio Hinrichsen sobre la cepas listán prieto (tinta) y moscatel de Alejandría (blanca) como bases de la inicial (y la más duradera y extensa) producción americana de vitis vinifera sativa; los compañeros de Valdivia que destacaron como primeros viñateros, en lo que hoy es Santiago, como ocurrió en las comunas de Ñuñoa, Vitacura, Apoquindo y Renca; el cargo de "alcalde de borracheras" a poco de fundarse la capital; las normas canónicas sobre el vino de misa; los enólogos franceses que vinieron a Chile en el siglo XIX, entre ellos un antepasado de la Presidenta Michelle Bachelet; el crecimiento vinícola en Sudáfrica, Uruguay y Argentina, o la corrección de errores frecuentes en torno a la filoxera.

Nadie podrá discutir -además de su contenido didáctico y del aporte que entrega para profundizar la cultura del vino, hoy en acelerado desarrollo- lo variado y entretenido de los puntos que aquí se tocan. Pero quizás algunos creerán que las investigaciones en torno a antecedentes históricos básicos, a las que se dedica parte de este libro, son asuntos ya definitivamente aclarados y por ello no tienen tanta actualidad. Sin embargo, pese a la enorme cantidad de publicaciones al respecto, hay todavía datos importantes que siguen sujetos a dudas, como los aludidos acerca de los comienzos de la viticultura en América, y antes en Asia y Europa. Más aún, la propia palabra vino -a cuyo origen se refiere el primer artículo recopilado- así como la zona geográfica donde empezó su producción, siguen siendo analizadas y dan pie a nuevas teorías.

Justamente acabo de leer en el número de agosto recién pasado (2008) de la revista Civiltà della Tavola, publicada por la Academia Italiana de la Cocina, un artículo titulado "Dove è nata la vitocultura", con interesante información en ambos aspectos. Coincide, por cierto, ese texto con el de Rodrigo Alvarado en las similitudes etimológicas de los vocablos para nombrar al vino en las antiguas culturas desde la región caucásica hasta Egipto, al igual que ocurre en los idiomas occidentales modernos (a diferencia de conceptos tan fundamentales y compartidos entre esas naciones como Dios o amor, que se expresan con palabras muy diversas, según observa acertadamente el escritor chileno). Pero contiene también opiniones que pueden complementar las suyas.

Así el artículo en cuestión añade, por ejemplo, una discutible -aunque atractiva- asociación de "vino" en sánscrito (ven o vêna) con "belleza" (por el latino Venus). En cambio, parece más estimulante para la discusión su teoría de que el cultivo de la vitis vinífera sativa se originó en la actual Georgia (la misma del reciente conflicto con Rusia, que fue llamada Cólquida, el país del vellocino de oro), desde donde se habría extendido por tierra a Armenia y la India, y a través del Mar Negro al Asia Menor, Cercano Oriente, Grecia y el Mediterráneo. Hasta hoy en Georgia se le dice gwino al vino, y sus habitantes llaman a su patria "la tierra del vino". Cito el caso para confirmar hasta qué punto todo lo relacionado con esta bebida sacra, hasta sus mismas raíces, es tema inagotable de estudio y debate, y explica el interés por seguir indagando, como se hace en esta obra.

Todo el esfuerzo que aquí se manifiesta por difundir ideas, experiencias y propuestas, perdería gran parte de su eficacia si no estuviera envuelto en un lenguaje a la vez sencillo y elegante, que con frecuencia alcanza una alta y auténtica calidad literaria. Ella se explica por el entusiasmo e identificación del autor con el tema, ya que, más que un motivo de su trabajo profesional, el vino ha sido objeto a través del tiempo de una pasión que compromete la vida entera de Rodrigo Alvarado.

JAIME MARTÍNEZ WILLIAMS




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