Historia
El Consumo de Vino en Chile: Visión Histórica
Enero 2006, por Rodrigo Alvarado Moore
La vid fue introducida a Chile por el fraile Francisco de Carabantes en 1548, por vía marítima, a través del actual puerto
de Talcahuano. A Carabantes lo inspiraba la extrema necesidad de producir vino, lo antes que fuese posible, para poder
celebrar la Santa Misa. Sin embargo, él no era viticultor. Se presume que de inmediato algunas estacas fueron
transportadas, muy posiblemente por tierra a Santiago, plantadas en condiciones muy especiales, pues en 1550 Alonso
Moreno, produce dos botijas de vino (un par de litros) que vende a la Iglesia, a muy buen precio. Se constituye así en el
primero en producir vino en esta parte del mundo. Destacan inmediatamente después como vitivinicultores importantes para
la época, Rodrigo de Araya, Hernando de Aguirre y Juan Jufré.
Originalmente las primeras plantaciones se desarrollaron en los escasos suelos regados del actual Norte Chico y en torno a las primeras casas de la naciente ciudad de Santiago, regadas por las aguas del Mapocho. Con el correr de los años en el largo período colonial, la vitivinicultura se desarrolló preferentemente donde las lluvias lo hacían posible, sin tener que recurrir al riego artificial, desde la actual Concepción, hasta aproximadamente, Curicó, en sectores costinos (lado oriente). Ello ocurrió porque la disponibilidad de suelos regados en la zona central era escasísima y por ende se le daba preferencia a cultivos que generaran alimentos.
Contrariamente a lo que se sostiene, en Chile el consuno de vino era escaso pues dada la inestabilidad propia del producto, la mayor parte de lo que se obtenía se destilaba para producir aguardientes, fácil de transportar y también chicha cocida ambas bebidas estables, comparadas con el vino. La situación cambió recién cuando se introdujo y desarrolló el uso del ferrocarril a partir del último tercio del siglo XIX, y con ello fue posible transportar vino con la fluidez necesaria para evitar su deterioro.
Los siguientes antecedentes permiten formarse una imagen de lo que entonces ocurría.
A mediados del s.XIX existían en Chile aproximadamente 30.000 Hás. de viñedos, repartidos como sigue:
Concepción 15.000 Hás.
Aconcagua 5.000 Hás.
Cauquenes 4.500 Hás.
Santiago 2.000 Hás.
Coquimbo 1.600 Hás.
Colchagua 1.240 Hás.
Talca 700 Hás.
Hacia 1850 la población de Chile alcanzaba a 1.400.000 personas; ello permite calcular que existía una hectárea de viñedo por cada 50 habitantes; en 2004, la relación de casi 150 personas por cada hectárea. Por lo tanto, obviamente la vitivinicultura, al margen de la significativa mayor cantidad de actividades económicas que hoy existen, tenía una importancia relativa muchísimo mayor que ahora.
Es preciso tener presente, la archiconocida historia de la introducción de variedades europeas finas a partir de 1851, la llegada de enólogos y arquitectos, preferentemente franceses, lo que determinó un desarrollo superlativo del sector, hacia 1900: tan importante fue, pues es demostrable que las Viñas, muchas de ellas vigentes hoy, “nada tenían que envidiarle a las más desarrolladas de Europa”.
Las clases adineradas que sólo consumían vinos franceses comenzaron a aceptar los chilenos y con ello se genera una sana competencia entre las Viñas nacionales; la masa consumidora paulatinamente deja de consumir aguardiente y el vino se generaliza como la principal bebida, alcanzándose cifras de consumo superior a lo 90 litros per cápita hasta el primer tercio del siglo XX. El problema del alcoholismo, atribuible exclusivamente al vino pues el consumo de otras bebidas alcohólicas era casi nulo, alcanzaba niveles dramáticos. Por ello, que en 1938 con el concurso de parlamentarios de todos los sectores políticos, se modificó la Ley de Alcoholes, que en lo principal, estableció una limitación del consumo hasta 60 litros por habitantes al año. Además, se prohibió la implantación de nuevos viñedos y el trasplante de los mismos. Por otra parte, se liberaban de las restricciones de los cupos fijados para cada productor, quienes arrancaran viñedos, de manera tal que de 106.000 hectáreas que existían en 1938, a principios de la década del cuarenta habían disminuido a 92.000 hectáreas.
El siguiente gráfico explica como ha evolucionado el consumo a lo largo del siglo XX. y los tres primeros años del XXI.

Gráfico 1. Consumo de Vino Per Cápita entre los años 1950 y 2003
Sobre la base de observar el gráfico 1, se obtienen las siguientes conclusiones:
Efectivamente el consumo per cápita disminuyó desde casi 60 litros en 1950 a 40,5 litros per cápita en 1970, pero ello
llevó implícito, una demanda casi igual a la existente originalmente por el crecimiento vegetativo de la población,
demanda que fue satisfecha por un claro aumento de la productividad unitaria del viñedo; es lo que hemos denominado como
la argentinización de la vitivinicultura chilena. Las re-plantaciones se hicieron a menor densidad, generalmente bajo el
sistema de parronal, propio de la uva de mesa, con alta vegetación y carga, fertilización exagerada, todo lo que derivó
hacia vinos tintos de mal color y blancos de gusto herbáceo. Es decir, la tradicional calidad del vino chileno se fue a
los suelos y lo que es más grave, los niveles de alcoholismo no disminuyeron pues entró en escena la cerveza y muy pronto
el pisco que empezó a alcanzar una preponderancia desconocida.
Por otra parte, es preciso recordar que en aquellos años la distribución de vino era hecha, principalmente, por los llamados catalanes de Vicuña Mackenna quienes abastecían el comercio minorista a través de entrega puerta a puerta de vinos mediocres envasados en garrafas (5 litros), chuicos (10 litros) y en un principio damajuanas (15 litros). En la década del 60 apenas el 2% de la producción nacional de vino se embotellaba, y fue una verdadera “revolución” la introducción de la botella litrera por parte de Viña Concha y Toro y Viña Santa Teresa en 1966 (el ocaso de los catalanes está latamente explicado en el libro “El Vino en la Historia, de Chile y el Mundo”).
El año 1973 es abolida la Ley de 1938 y no obstante ello, no se incrementa la superficie plantada con viñedos; es más, continuas crisis de sobre producción aguda, producto de la argentinización y sucesivas crisis económicas que llegaron a su cúspide en 1982 y hasta 1986, aproximadamente, obligaron al arranque de viñedos en niveles tan extremos que de 60.000 hectáreas de viñedo de secano, la superficie se redujo a 20.000 hectáreas en 1994 y la de riego cayó en casi 15.000 hectáreas a la misma fecha. Se llegó en consecuencia a una cifra total de 54.000 en 1994.
La caída del consumo se mantuvo de forma continua con una leve detención en 1980 cuando se llegó a 42,7 litros per cápita al año para seguir cayendo a 36,9 en 1985, 16 en 1996, para alcanzar un mínimo de 13,1 en 1997, repuntar a 19 en 1999, volver a caer a 14,3 en 2001, para alcanzar en 2003 a 16,2 litros por habitante al año.
Es coincidente la dramática caída que se registra en 1994 y que se mantiene prácticamente hasta ahora con el boom de las exportaciones.
A mi juicio el fenómeno expuesto se explica por las siguientes razones:
La espectacular entrada del vino chileno al mercado mundial fue satisfecha con los productos mejores disponibles en el mercado. Para el mercado interno se dispuso del desecho o barrido de las existencias y fuertes cantidades de vinos provenientes de uva de mesa, aceptables en el caso de los blancos, pero muy mediocres en el caso de los tintos. Se equivocan quienes supusieron que la masa consumidora “no se iba dar cuenta” que le estaban vendiendo productos de segunda o tercera categoría, se cayó en el vicio de edulcorar los vinos hasta niveles cercanos a los 20 gramos por litro, lo que implicó el uso de preservantes, todo esto para disfrazar aristas negativas de los vinos que se disponía.
La agresiva publicidad del pisco y la cerveza que prácticamente se “tomó” la televisión chilena a partir de la década del 90, desplazó al vino de forma dramática, el siguiente gráfico 2 así lo demuestra.

Cuadro 1. Detalle del gráfico 2.
| Año | Vino | Cerveza | Pisco |
|---|---|---|---|
| 1950 | 58,2 | ||
| 1955 | 51,9 | ||
| 1960 | 47,8 | ||
| 1965 | 41,5 | ||
| 1970 | 40,5 | ||
| 1975 | 41,9 | ||
| 1980 | 42,7 | 17,4 | 1,26 |
| 1985 | 36,9 | 16,5 | 1,50 |
| 1990 | 26,0 | 21 | 2,30 |
| 1995 | 15,0 | 28 | 3,28 |
| 1996 | 15,8 | 27 | 3,90 |
| 1997 | 13,1 | 27 | 3,04 |
| 1998 | 18,4 | 27 | 3,63 |
| 1999 | 19.0 | 27 | 2,55 |
| 2000 | 14.9 | 27 | 2,51 |
| 2001 | 14,6 | 28 | 2,65 |
Respecto al leve incremento en el consumo del mercado interno, está orientado fundamentalmente a los llamados vinos finos, es decir, lo que entendemos por varietales hacia arriba. Se registra una publicidad agresiva, elegante de los vinos finos, bellos lugares de expendio, cursos de cata, el vino se pone de moda, pero el número de personas que pertenecen a los estratos sociales destinados a absorber estos buenos vinos es extraordinariamente pequeño, las siguientes cifras así lo demuestran.
Cuadro 2. Consumo de Vino en Chile, según tipo de envase.
De los 255 millones de litros que oficialmente se consumen el Chile según datos de 2003, sólo 42 millones corresponden a los llamados vinos finos, es decir, aquellos que se envasan en botellas de 750, 187 y 375 cc. Ello significa que el consumo per cápita de estos vino, sobre la base de una población de 15.773.504 es de apenas 2,66 litros; en cambio el consumo popular alcanza a la diferencia, es decir 13,54 litros per cápita al año.
Estos 13,54 litros son precisamente, los que deben preocupar para incrementarlos significativamente pues los 2,66 ya están en camino de seguir creciendo con las limitaciones antes señaladas.
Sugerencias para incrementar el consumo de vino popular, desde el punto de vista técnico:
Aumentar la productividad unitaria del viñedo chileno sobre a base de análisis científico-técnicos responsables, de manera tal que se puedan generar vinos claramente varietales de categoría aceptable a buena y de precios lo más bajo que sea posible, para así competir con la cerveza y las “piscola”, principales competidores del vino corriente. Buscar envases alternativos al actual tetra (porqué no en latas idénticos a las de bebidas, lo que ya está ocurriendo en Australia) Ofrecer Producir vinos a los consumidores comunes de manera tal que puedan ser capaces de apreciar variedades, dándole alternativa de disminuir la negativa edulcoración generalizada a la que actualmente se recurre en forma excesiva. Sugerencias para incrementar el consumo de vino popular, desde el punto de vista promocional:
Viñas de Chile ha realizado últimamente interesantísimos esfuerzos en esta área tales como el convenio de Vino y Salud con la Universidad Católica de Chile, Galas del Vino, Catas populares y otra serie de actividades que comienzan a generalizarse y son dignas de la mayor consideración. Es por lo tanto indispensable incrementar estas actividades. Dentro de todo el esquema planteado no debemos olvidar que el alcoholismo sigue siendo un flagelo que afecta severamente la salud pública y es factor preponderante en la alta tasa de accidentes de tránsito que se registran en Chile. Lamentablemente, no obstante, la disminución del consumo de vino comparativamente con sus competidores, el vino sigue siendo el principal proveedor de alcohol de la población chilena, 50%.
A pesar del notable prestigio que ha alcanzado la vitivinicultura chilena por su participación en el mercado internacional, dentro de las autoridades nacionales no goza de simpatía lo que quedó demostrado en el año 2003 cuando se sindicó al vino como un producto tóxico al igual que el tabaco y por lo tanto estuvo a punto de aprobarse un incremento de impuesto a la Ley de Alcoholes.
Es penoso comprobar que el consumidor chileno es altamente desordenado: Una entidad denominada World Advertising Research Center (Warc), publicó recién un sesudo estudio denominado “Tendencias de Consumo de Alcohol en 2004”. En él se aprecia una sorpresa que intuía: somos moderados para tomar, pues en función del volumen que ingerimos, comparativamente, bebemos poco. En efecto, de un total de cuarenta y cinco países analizados ocupamos el lugar treinta y cinco. Nos superan todos los países de Europa, y fuera del viejo continente, Australia, Nueva Zelanda, Canadá, Estados Unidos, Japón, Argentina y Uruguay. Le “ganamos” sólo a diez países, ninguno productor de vinos, salvo Sudáfrica que ocupa el lugar treinta y ocho. Es “público y notorio” que forma parte de nuestra idiosincrasia empezar a consumir desordenadamente el viernes en la noche y frenarse el domingo a mediodía, para amanecer con el “cuerpo malo” el lunes y retornar al trabajo, por lo menos sobrio. Si en lugar de lo reseñado las conductas se orientaran a descargar la nave en siete días, lo que se acostumbra en dos. De lo expuesto me atrevo a proponer que se considere como un complemento a las labores promocionales en marcha la posibilidad de promover decididamente el consumo ordenado pues soy un convencido que divulgando las bondades del vino cuando se consume en forma correcta y permanente, paralelamente haciendo notar lo negativo que resulta hacer lo contrario la ecuación final determina un mayor consumo total de vinos. Al margen de tratarse de una iniciativa intrínsecamente plausible, envuelve una excelente inversión, sin duda mejor que promover la marca x, y o z. Nada más positivo que controlar la incidencia del alcoholismo entre nosotros; ello aumenta el consumo, los bebedores ordenados viven más, se disminuyen las consecuencias perversas que encierra y entrarían en proceso de extinción los desagradables “curaditos”. Linda oportunidad para los genios de las artes de la comunicación unido a una posibilidad cierta de mejorar nuestra imagen ante la opinión pública.
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