Crónicas
Escritores y el Vino
En mi niñez y comienzos de la adolescencia conocí "en vivo y en directo" a gran parte de la vieja guardia de la literatura chilena. Por mis retinas pasaron, entre otros, Pedro Prado, Eduardo Barrios, Víctor Domingo Silva, Pedro Sienna, Carlos Préndez Saldías, Carlos Barella, Luis Durand, Daniel de la Vega y muchos más. Este verdadero privilegio fue fruto del hecho de que, entre 1945 y 1955, a mi madre le apareció una veta poética que la indujo a escribir.

Pedro Prado Eduardo Barrios Víctor Domingo Silva Pedro Sienna Daniel de la Vega
Nunca he tenido los suficientes conocimientos y objetividad para saber si sus versos eran buenos o malos; sin embargo, vaya en abono de ella el raro hecho de que, en su célebre y temida columna de El Mercurio, Alone no la ignoró, ni tampoco la pulverizó. En aquellos años mi padre era un industrial relativamente próspero, lo suficiente como para ser editor de los libros de mi madre y solventar verdaderas veladas de escritores que, por lo menos una vez a la semana, se llevaban a efecto en mi casa. Aquellas reuniones tenían como único objetivo charlar en torno a una mesa bien servida y mejor provista de tinto y "del otro". Los comensales, salvo naturales excepciones, eran hombres bohemios de levantada tardía y acostada consecuente. Recuerdo que el tinto era compañero inseparable de la mesa y motor de los encuentros. No eran tiempos de whisky y el pisco recién asomaba con "una copita en el bar y una botella en el hogar". En general, los fuertes no calzaban con estos hombres de trajes lustrosos y cuellos de celuloide, eran bohemios de pobreza digna, buen apetito y mejor garganta vinera.
El sentido del humor formaba parte de todo el juego coloquial, pero fuertes pasiones y pequeñas envidias los achicaban frente a la trascendencia de sus obras. Retrospectivamente, tal vez por deformación profesional, recuerdo a estos hombres -insisto- asidos a una copa de vino, siempre tinto y concluyo -ahora en mi madurez- que esta bebida fue la piedra angular de estas conversaciones. Sin el vino habrían sido reuniones cortas, chatas, intrascendentes. Con destilados habrían durado muy poco, por el efecto turbador de una excesiva cantidad de alcohol, y beber cerveza (con el perdón de ella, pues me gusta mucho) se habría considerado una suerte de falta de respeto, similar al hecho de meter ballenas en una pecera.
De mis reminiscencias destaco la reconciliación, que ocurrió en mi casa, entre Víctor Domingo Silva y Carlos Préndez Saldías. La ruptura se originó por el hecho de que Silva -pareciera ser que muchos años antes, en los tiempos del "León" Alessandri-, se habría dado vuelta la chaqueta (no sé para cuál lado) y Préndez se lo habría reprobado, a grito limpio, desde la platea del Teatro Municipal. Se daba, en aquellos días, una obra de Silva, que en uno de sus pasajes decía Y ¿de quién son los funerales?, momento en el que Préndez rugió: Del autor. Vi y escuché la reconciliación. Las palabras fueron casi nulas. Dos vasos (no copas) de vino tinto la sellaron de pie y con varios pares presentes, además de un niño intruso y curioso. Préndez, poeta que no trascendió, era un hombre tartamudo, de impresionante facha, sombrero alón, capa negra, monóculo y traje oscuro. Formaba parte de cierta fauna santiaguina, pues todas las mañanas -no muy temprano- era hombre de guardia en la puerta del Banco de Chile con misión auto conferida de piropear a las buenas mozas y a las no tan mozas, pero buenas. Posiblemente esta afición lo indujo a escribir 27 Mujeres en mi vida, un libro que levantó tremenda polvareda en la sociedad chilena de aquellos años. Alone lo destruyó con sólo una frase: Para amoríos, pocos; para amores, muchos. Lucho Córdoba montó en el Teatro Imperio una obra que parodiaba el libro: le aumentó el número de mujeres, de 27 a 127.
En mi casa, Carlos Préndez gozaba o lloraba, no lo tengo claro, todo este escándalo. Una noche declaró algo parecido a que "para acallar a los mojigatos escribiré una edición complementaría que se llamará "Unas mujeres más". Mi padre le sugirió: "Mire, Carlos, 27 es un número elevado y sin embargo posible, pero más cantidad nadie se la va a creer". El libro nunca se publicó.
Luis Durand, el célebre autor de Frontera, era un hombre muy gordo, calvo, tuerto, con un ojo falso y provisto de lentes gruesos que, por supuesto, servían sólo para el ojo bueno. Se comentaba que sufría mucho porque no le fue otorgado el Premio Nacional de Literatura, el que, en opinión de la mayoría, merecía. Mi curiosidad de niño se nutría con la necesidad de saber cuál de los dos ojos era el bueno. Un gran aliado para descubrirlo fue (era que no) el vino. Ocurrió en pleno verano, en el jardín de mi casa, un día que Durand terminaba de beber un vaso de borgoña en frutilla. Por supuesto que él no iba a desperdiciar las frutillas bañadas que estaban en el fondo del vaso. Su vista deteriorada lo obligó a mirar dentro de él, como pirata con catalejo, para ver si efectivamente quedaba algo de la doblemente apetitosa fruta. Para ello usó el izquierdo, el más pequeño. ¡Ése era el que funcionaba!
Pedro Sienna es recordado como gran actor del primitivo cine mudo chileno, pero también era declamador, poeta y pintor. (Su apellido era Cordero pero lo cambió a Sienna, pues le gustaba el color siena). Dicen los entendidos que una de sus poesías, "Esta vieja herida" es suficiente para incluirlo en cualquier antología de poetas chilenos. En una de las tantas madrugadas, hasta las que se extendían las veladas, todos los menores, la servidumbre y el perro dormíamos. De pronto, un verdadero estruendo nos despertó. El perro ladraba con toda su fuerza y una solícita empleada corrió al salón con un vaso de agua. Yo suponía que alguien estaba en trance de muerte. El asunto era muy simple: Sienna, a petición de los presentes, declamaba su "Vieja herida" con tanto ahínco que, según me contaron al día siguiente, corbata, suspensores y demás prendas tirables habían sucumbido.
Tengo el verdadero honor de acordarme cuando apareció la obra máxima de Eduardo Barrios, su Gran señor y rajadiablos. Al parecer, entonces Barrios gozaba de buena salud económica, a diferencia del resto, y no tenía aptitudes de bohemio. Imborrable fue para mí verlo con "hallulla", sombrero de paja que ya estaba pasado de moda. Circunstancias distintas rodean mis recuerdos de Pedro Prado; el Alsino ya no volaba, estaba semiderrotado por una hemiplejia. Daniel de la Vega me impactó con una seria descripción de por qué uno de sus colegas, cronista y escritor, que no olía bien, era víctima de palizas de su mujer. Recuerdo su nombre, pero no puedo escribirlo, pues tampoco es ya de este mundo.
La totalidad de estos personajes eran hombres muy cercanos al ocaso y bastante golpeados física y síquicamente. Por lo tanto, el tema de la salud era materia obligada entre ellos, pero analizada en tono despectivo, rayano en el humor negro. Célebre fue una contienda entre Carlos Barella y Carlos Préndez. Los dos Carlos apostaban que uno estaba más enfermo que el otro. La verdad es que el desafío resultó en empate. Si bien Préndez murió primero y en forma fulminante, lo hizo aún apto para usar el piropo, su mejor arma; Barella terminó sus días más tarde, pero postrado en silla de ruedas.
Estas glorias de la literatura chilena comenzaban a ser eclipsadas por la generación del 50, la que vine a conocer sólo por sus libros y, a algunos de ellos, excepcionalmente ahora. Son distintos, no fuman, opinan sobre vinos pero los beben poco, no trasnochan, usan buenos trajes y conducen automóviles. En la calle no se notan. Podrían ser ingenieros, empleados, taxistas o vendedores de seguros.
En 1950, estando en el Saint George, mi colegio, se publicó el primer tomo de El joven Laurel, donde aparecieron por primera vez José Miguel Ibáñez (Ignacio Valente), Carlos Ruiz-Tagle, Armando Uribe y Antonio Avaria, entre otros. Puedo jurar, pues los conocí muy de cerca, que no bebían vino. Sólo Coca-Cola; los más rajados le agregaban un poco de ron.
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