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Crónicas

Racimo 3, Uva 8: El vino de la "gallá"

Me parece válido emplear el chilenismo “gallá” para oponerlo a las eufemísticas expresiones tales como “masa consumidora”, “gente modesta” o “nuestro pueblo”. Frecuentemente, no se tiene en cuenta que forman parte de ella por lo menos el 80% de nuestros compatriotas y el vino que esta significativa parte de la población chilena consume, no es sujeto de análisis ni calificaciones para quienes se dedican al tema, ni menos son partícipes de concursos. Pertenecen a una especie de sub mundo vinícola.

Me he preocupado de investigar el tema. Y, sobre la base de un consumo ligeramente superior a 16 litros per cápita al año (ya que dentro de Chile se beben alrededor de 255 millones de litros, anualmente), he recurrido a contabilizar los envases empleados para su comercialización como fuente de referencia.

La incidencia de los diferentes tipos expresada en millones de litros (con un posible margen de error del 10%), es la siguiente:

Si consideramos que la “gallá” consume preferentemente vinos provenientes de los envasados en los contenedores a, c, d, e y g, se colige que son 213 millones de litros, lo que equivale a más del 83,2% del total. Estas cifras permiten alcanzar las siguientes conclusiones:

El vino consumido por la elite es apenas el 16,3% del total. Además, es presumible que por lo menos la mitad del estrato de vino referido corresponde a la categoría de los “tres cuartos”, cuyo precio por unidad no supera el equivalente a US$2,5 por botella, los llamados “varietales de batalla”. Por lo tanto, todo el universo sujeto de análisis, comentarios, imagen y publicidad “pituca” que promueven las viñas, se refiere apenas a una cifra cercana al 7% del consumo nacional. ¿Qué pasa con casi todo el 93% restante?

El vino que comprende la mayoría del universo que comento es mediocre. Aunque su origen es más que aceptable y –muchas veces– bueno, en una elevada proporción es echado a perder como consecuencia de la adición de mosto concentrado para edulcorarlo, con el discutible objetivo de tornarlo más “dulcecito” aunque, en realidad, algunas veces es sólo para tapar defectos.

En el caso de los tintos, una proporción importante proviene de la variedad País, mezclados con los erróneamente llamados “vinos burdeos”, que no son otra cosa que tintos prensa, y otros de segunda o tercera selección. Su color se incrementa a través de mezclas con vinos provenientes de las diversas variedades de tintoreras invariablemente de horrible calidad organoléptica. Los blancos provienen de las variedades tradicionales vinificadas sin termocontrol, también de segunda o tercera categoría, y variadas proporciones de vinos moscateles o toronteles, para darle “gustito a uva”.

Mención aparte merece el verdadero vicio de la edulcoración. Hace ya unos veinte años, una viña comenzó agregando cinco gramos por litro de azúcar, a través de mosto concentrado de uva. Todo legal. Tuvo buen éxito y fue imitada; se generó así una verdadera espiral competitiva en torno a esta práctica, pues los consumidores fueron demandando, progresivamente, más y más dulzura, hasta que se llegó al máximo técnicamente posible: 18 gramos por litro. ¿La razón de este límite? Ocurre que el vino edulcorado es altamente inestable, y para evitar problemas, se recurre –también legalmente- al agregado de hasta 250 mg. de sorbato de potasio/litro. Pero este preservante es víctima a su vez de ataques bacterianos, lo que obliga a recurrir al anhídrido sulfuroso en dosis totales también legales, pero cercanas a los límites máximos aceptados. La sumatoria de todo esto resta naturalidad al producto, lo que atenta con su condición intrínseca, es decir, el hecho de ser natural.

Por ahora llego hasta aquí. ¿Comprenden estimados lectores por qué el consumo per cápita en Chile es de apenas 16,2 litros al año por habitante? A pesar que el nivel de la calidad de nuestros vinos destinados a la “gallá” sea de orígenes más que aceptables.



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