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Crónicas

Racimo 3, Uva 7: La embriaguez no es un chiste

El consumo desordenado o excesivo de bebidas alcohólicas, como también ingerirlas antes de alcanzar la madurez, está definida como una enfermedad grave. Lo avalan los médicos y lo sufren las victimas de tan horrible mal: choques, atropellos a peatones y otras tragedias que con ingrata alta frecuencia, son tema inagotable y persistente para las distintas expresiones de la prensa roja. Agréguese a tan ingratos hechos, las penosas agresiones y desencuentros intrafamiliares, la destrucción de los menguados presupuestos para atender las necesidades básicas de innumerables familias modestas y otra larga serie de males fáciles de colegir, causados por esta enfermedad.

Atendida mi auto conferida condición de “propagador del cántico del fruto”, podría suponerse que soy incoherente pues mis asertos pueden interpretarse como inductores de la abstinencia, o disminución del consumo de bebidas alcohólicas en general y de mi amado vino en particular. Todo lo contrario: mi meta es que todos demanden lo adecuado todos los días y no en un fin de semana o durante una noche, lo que debería repartirse durante siete días. Esa es la conducta propia de personas normales y cultas. Y, ¿cómo se logra eso? Simplemente con acertada enseñanza, desde la niñez, dando ejemplo de ser ponderado en el beber, aplicar como norma el castigo social a los borrachos en cualquiera de sus grados o formas, y asistirlos como enfermos que merecen nuestra conmiseración y apoyo para que superen el flagelo.

Lo expuesto, supuestamente, corresponde a disciplinas ajenas a mi condición de enólogo, sin embargo, creo que, efectivamente, caben en mi ámbito, pues he demostrado muchas veces a través de cálculos elementales que los indisciplinados para consumir, a la larga son pésimos clientes, pues se mueren antes y, además, la suma de lo que beben, dentro de un período breve es menor entre ellos que respecto a los bebedores normales.

Pero, desgraciadamente, nuestra sociedad en todos sus estratos ve en los “curaditos” seres simpáticos y, entre los populares, especialmente campesinos, se considera que los muchachos al embriagarse “se hacen hombres”.

Por todo lo expuesto, protesto con toda mi fuerza y vehemencia contra aquel personaje venerado por la masa durante el último “Festival de la Canción”, llamado Rupertito, y a todos cuantos hicieron posible su “show”. Ese individuo escudado en las taras propias de un enfermo hizo delirar a la masa concurrente y a la televisión chilena alcanzar el más elevado “rating” jamás registrado. Es lamentable constatar que exista en Chile tanta estupidez colectiva, mezcla de incultura e irresponsabilidad. Me pregunto si alguien ha medido la nociva influencia de este personaje en muchas mentes simples y en la receptiva percepción, intrínsecamente nefasta que han tenido de él los niños y adolescentes. Hacer reír en torno a las sandeces de un borracho es más que una estupidez es un grave error que merece censura severa.

El borracho es inaceptable por definición, pues molesta, porta un hálito desagradable, vomita, es generalmente agresivo y en muchos casos mata inocentes, ya sea con armas o tras el volante de un vehículo. En este tema soy inflexible: “Rupertito” en lugar de gozar de gloria, debería estar proscrito por incitar a la perniciosa embriaguez, cuyas aristas negativas he sólo esbozado.



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