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Crónicas

Racimo 3, Uva 5: Costumbres "dieciocheras"

costumbres dieciocheras

Por años, el vino fue el primer actor y llenó las gargantas de quienes se sentían en la necesidad patriótica de brindar “por la patria”.

Con la vorágine propia de los tiempos que corren, desde hace varios años han volado, a través de la inmensidad del recuerdo, costumbres propias de nuestras Fiestas Patrias “dieciocheras” que eran intrínsecamente buenas. Resaltan, por ejemplo, aquella de estrenar una “pinta nueva”, generalmente traje azul, en el caso de los hombres, y tenida de colores vistosos para las mujeres. Cualquiera fuera la potencia del bolsillo alguna prenda flamante a todos acompañaban. Las casas, desde las mansiones hasta las más modestas, se coronaban con una bandera chilena y todo hogar, regularmente acomodado, poseía y difundía más de una vez un disco de acetato que contenía por un lado la canción nacional y por el otro la canción de Yungay, verdadero himno nacional de reserva, hoy casi olvidado.

En aquellos años el vino era primer actor y llenó las gargantas de quienes se sentían en la necesidad patriótica de brindar por la patria. Es cierto que, en algunos casos, el efecto era lamentable, pues muchos tomaban demasiado en serio la solemnidad de las fiestas y el volumen de lo librado, tanto que, aunque circulaban pocos autos; éstos debían ser conducidos siguiendo el curso de verdaderas eses para no atropellar a nadie.

Las viñas, los entonces “comerciantes mayoristas de vinos” hoy inexistentes, las cantinas y demás lugares de expendio, en septiembre vendían una cantidad tal de vinos que permitían a sus propietarios equilibrar las cuentas del año.

En efecto, en aquellos tiempos (para precisar, hasta fines de la década de los sesenta) el consumo per cápita de vinos fluctuaba sobre los cincuenta litros, mientras que en el 2000 terminó sólo en torno a quince. Debo insistir que el vino ha sido apabullado en los estratos medios y populares, por el pisco, la cerveza y los licores importados (sin que haya disminuido la ingesta de alcohol) de manera parecida a la forma en que la cumbia arrasó con la cueca en nuestras ramadas.

El tinto y “el otro” aún siguen siendo actores de primer nivel en ciertas localidades rurales, acompañados por la chicha, que no despierta mis simpatías (algún día les contaré por qué). En la ciudad reinan los llamados “combinados” (horrible nombre), los “arreglados” y otros brebajes de despreciable alcurnia. Ninguno, salvo el vino, serviría para brindar como lo hacían los compatriotas de hace un siglo. Aquí va un ejemplo para recordar:

Brindo, dijo un campesino
Por mi lazo i mi machete.
Yo, cuando ando de prete
Soi el huaso más ladino
I si a veces tomo vino
Me da por enamorar.
No me quisiera acordar
De un lance que me pasó:
El viejo me corretió
Por causa de ir a gatear.


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