RodrigoAlvarado.com

Crónicas

Racimo 3, Uva 4: Cuando la vanidad es virtud

Cuando la vanidad es virtud

No se requiere ser sociólogo, historiador o genealogista para afirmar que existen relaciones muy directas entre la posesión de una viña productora de vinos selectos y el prestigio social. Ya en los tiempos bíblicos se concebía que poseer viñedos fuera sinónimo de riqueza y poder; varios pasajes del Gran Libro avalan esta observación. Uno de ellos se refiere a la notable Viña de Nabot que, como emblema de su prestigio, despertó envidia a la malvada Jezabel, quien ordenó nada menos que asesinar a Nabot para adueñarse de su propiedad.

Además, la historia demuestra que el vino, durante períodos muy significativos, fue bebido sólo por las elites y el clero. Recién después de la Revolución Francesa, hito del comienzo de los llamados Tiempos Modernos, a fines del siglo XVIII, se constituye en una bebida plenamente popular.

En nuestro país el fenómeno relativo a la búsqueda de prestigio a través del buen vino comenzó a manifestarse en 1851, cuando Silvestre Ochagavía, junto con introducir y cultivar exitosamente cepas europeas, invitó a enólogos franceses de nota para desarrollar su empresa dentro de niveles de excelencia. Es suficiente repasar someramente nuestra historia para coincidir en que, salvo dos o tres casos, el notable desarrollo de las viñas de jerarquía –que comenzó a gestarse con gran fuerza a partir del último tercio del siglo XIX– fue producto de esas ansias de reconocimiento. Esto surgió entre mineros enriquecidos que pretendían alcanzar también nobleza a través de la posesión de grandes viñas, lujosas bodegas y excelentes vinos que, de cierta manera, reemplazaban los inexistentes títulos nobiliarios abolidos por O’Higgins en los albores de la República.

Lo expuesto fue un factor determinante en el alto nivel que alcanzó la vitivinicultura chilena a partir de aquellos días. Aunque ahora, después de un siglo o más, las viñas no están en poder de las familias fundadoras –salvo una o dos excepciones–, dejaron como herencia social tres hechos destacables: la ecuación “viña y buen vino = prestigio social”; marcas comerciales que son lejos las más longevas y valiosas de nuestro medio, y el chilenísimo concepto de los “apellidos vinosos” que, según los “expertos”, van “desde Bezanilla para arriba”.

Inspirado por mis recuerdos de juventud, cuando fui futbolista muy malo (pero que metía muchos goles), con la misma audacia de entonces entro al área chica y afirmo que el fenómeno descrito se ha repetido, casi calcado, en la era post Miguel Torres, a partir de 1980.

Si analizamos las nuevas viñas prestigiosas que existen en la actualidad, concluimos que la gran mayoría son propiedad de capitalistas ajenos al agro. Algunos han sido exitosos, pero hay varios que disimulan sus fracasos. Muchos economistas sostienen que existen mejores inversiones que la vitivinicultura y parece que, salvo excepciones, es cierto. Además, aparentemente sigue vigente el clásico aforismo estadounidense que sostiene: “La mejor manera de hacerse de una pequeña fortuna es tener una grande e invertirla en una viña”.

Sería exagerado y aventurado de mi parte sostener que los nuevos propietarios de viñas se inspiran sólo en lo ocurrido en el siglo XIX. Pero si así fuera:Bienvenida vanidad, te has transformado en virtud pues gracias a ti el vino chileno ha alcanzado calidad y prestigio insospechado, que lo ha hecho llegar a los lugares más recónditos del mundo, dejando muy alto el nombre de Chile.



Patrocinadores

Agradecemos el patrocinio de las empresas que hacen posible la existencia de este sitio:

Errázuriz  Montes
Portal del Alto Portal del Alto  Tamaya
cremaschi Hotel Santa Cruz
CristalChile  De Martino
Gillmore Aquitania
ViuManent 
CasaSilva 
 
La Cava de Baco Cronistas