Crónicas
Racimo 3, Uva 2: El vino, remedio para el alma y el cuerpo
Extraído del libro "A propósito del vino", disponible en librerías.
La razón principal que induce a beber vino es porque es bueno al momento de probarlo y, sigue siendo bueno, o mejor aún, después de unos pocos minutos de beberlo. Nos otorga sensaciones de alivio y una leve euforia que nos aliviana el alma y nos pone comunicativos. En una reunión social que recién comienza, predomina el silencio. Al correr las primeras copas, sube el diapasón de las voces y se enhebran conversaciones entusiastas.
El vino es psiquiatra, confesor, y psicólogo a la vez, que abre el alma: Nicanor Parra nos dice "¿Hay algo, pregunto yo,/ Más noble que una botella/ De vino bien conversado/ Entre dos almas gemelas?" García Lorca al ver una botella de vino exclamó: "Cuánta conversación hay allí dentro". En pleno Renacimiento, el sabio catalán Arnaldo de Vilanova, en su obra Liver de Vinis, señala textualmente "el vino no sólo fortalece el calor natural sino que aclara la sangre y abre los conductos de todo el cuerpo".
Pasteur y otros sabios posteriores, con cierta timidez, también alabaron los efectos positivos del vino para la salud. Pero, tuvimos que esperar más de 500 años para que estas verdades fueran avaladas científicamente. En efecto, se ha demostrado que, especialmente los vinos tintos, por efecto de los flavonoides que contienen, retardan o previenen tanto enfermedades cardiovasculares, como también algunos tipos del malhadado cáncer.
Estos asertos fueron consecuencia de la, hasta hace poco, inexplicable longevidad de los consumidores de la dieta mediterránea, rica en quesos y otros alimentos con alto contenido de colesterol. Se demostró, (sin duda alguna) que debían la prolongación de la vida a la ingesta de vinos. Entre nosotros, la Universidad Católica ha hecho numerosas investigaciones que confirman estos descubrimientos y como si esto fuera poco, la Universidad de Glasgow (Escocia) demostró que el vino tin¬to chileno es el más rico del mundo en el contenido de flavonoides.
Todo lo expuesto no puede acoger¬se como una luz verde para tomar toda la cantidad de vino que el alma y el cuerpo piden. La moderación y el sentido común están implícitos en la sabiduría que encierra el vino. Quienes no concuerden con estas premisas, sufren desequilibrios morales y orgánicos no atribuibles al vino. Es muy cierto el célebre verso de Tito Fernández El Temucano" que dice:
"Me gusta el vino porque el vino es bueno
pero cuando el agua brota pura y cristalina de la madre tierra
¡Más me gusta el vino!".
Sin embargo, hay que recordar que el agua también se puede beber.
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