Crónicas
Racimo 2, Uva 16: Celebración entre amantes (del vino)
Extraído del libro "A propósito del vino", disponible en librerías.
Entre las actividades humanas, sin duda, una de las más gratas es celebrar. Siempre se buscan motivos para hacerlo, pues este acto implica, entre otras ventajas, una buena disculpa, o una especie de fuero, para beber. Cuando la celebración es entre amantes del vino el acierto es pleno. ¿Podría concebirse un brindis con alguna bebida que no sea vino? ¿Se imagina usted que una ceremonia de botadura de un barco se le expida un botellazo de whisky, de cerveza o, peor aún, de agua mineral? Absurdo. El vino es el dueño de los brindis y de las celebraciones cultas. Brindar con otras bebidas fluctúa entre la excentricidad y el mal gusto.
Bautizos, matrimonios y demás celebraciones excelsas giran en torno al champagne que, por supuesto, es vino. Pero el vino nuestro de cada día, sin burbujas, también es el elemento más requerido para brindis cotidianos. Es pilar de la amistad entre amigos, del encuentro entre amantes, tanto para empezar el juego con agrado, como para cerrarlo sin heridas. Sirve también como para iniciar y cerrar negocios, tanto buenos como malos y, en fin, es un medio adecuado y grato para justificar una dosis de ingesta que vaya más allá de lo que señalan las pautas de consumo normal que, generalmente, limitan lo que a veces el cuerpo junto con el alma y la buena compañía piden.
En esta oportunidad yo me permito celebrar y felicitar a La Cav por haber editado veinticuatro números de esta revista. No me nace decir ¡salud!, pues lo encuentro demasiado trillado y un poco cursi, pero, en esta oportunidad, hago una excepción. A esta revista (y a toda expresión que ennoblezca al vino) le deseo buena salud y que, además, el número de publicaciones llegue a por lo menos, ¡setenta veces siete!.
El resto de la trilogía dinero y amor, vienen por añadidura. Pues la salud, en medio de una pléyade de amantes del vino, brota a borbotones. Celebrar entre esta tan peculiar y plausible clase de amantes, es como hacerlo en la casa del buen herrero, aquel que no tiene cuchillo de palo, sino que muchos y aguzados vinos de excelente origen y enorme variabilidad, indispensable condición, esta última, para poder ejercer lo que ya he definido, a través de esta columna, como la virtud de la infidelidad.
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