Crónicas
Racimo 2, Uva 12: Reconquistar al "roto"
Extraído del libro "A propósito del vino", disponible en librerías.
El vino chileno debe reconquistar a su pueblo, a la "querida chusma" de Alessandri Palma, o bien simplemente al "roto", ese que tomaba vino tinto a la hora del desayuno para "criar sangre" y tener fuerzas para mover sacos en la Vega Central, que ahora desplazan montacargas motorizados. Entonces llegaremos a rangos de consumo como antaño, cuando superábamos, no hace más de 15 años, los 40 litros per cápita, cifra alrededor de la cual oscilan los consumos de vino de todos los países vitivinícolas del mundo.
Está muy lejos de mi modo de ser, y por supuesto de mis convicciones, circunscribir en estratos a nuestros semejantes. Ello encierra falta de caridad natural y, más aún, cristiana. Sin embargo, nadie se ofende si se sostiene que dentro de nuestra jungla chilena hay dos extremos, obviamente con muchas alternativas intermedias: los caballeros y el vulgo o la masa. Yo soy más directo y con afán cariñoso prefiero referirla con nuestra chilenísima expresión "roto", palabra aceptada por la Real Academia Española, como expresión de representante del pueblo chileno, sin que se le atribuya connotación peyorativa. Pero, no hay que engañarse con esta clasificación. A diario nos relacionamos con supuestos rotos que son muy caballeros y, lamentablemente, con muchos que se creen o suponemos caballeros y que en realidad son extraordinariamente rotos. Esta breve introducción vale para eludir la ingrata costumbre de recurrir a ambages y referirse a "personas modestas" y en el otro extremo, "acomodadas".
La verdad desnuda es que, hasta hace no más de ocho o diez años, el vino en Chile era una bebida consumida casi exclusivamente por "rotos", salvo si se bebía junto con las comidas. En una reunión de caballeros, más de una nariz se arriscaba cuando alguien osaba pedir como aperitivo una copa de tinto, y si ello ocurría con una mujer, casi cundía el pánico.
Para felicidad nuestra (los enólogos), el vino chileno triunfó rotundamente fuera de Chile y ello fue la causa central que lo catapultó a la "high society chilensis" con proyecciones tan espectaculares que ahora no sólo se bebe vino de aperitivo (ellas y ellos), sino que también se comenta sobre marcas, variedades, regiones, aromas, "bouquet", taninos, frescura, etc. Los cursos de cata proliferan y tienen buen éxito, las botillerías elegantes ya no se llaman así. Son "tiendas que venden vinos". Y, más importante que todo, los bolsillos poderosos están disponibles para pagar más, a veces mucho más, por un vino prestigioso que por un linajudo whisky.
Me parece estar viviendo un sueño, pero contrasta con una verdadera pesadilla. Ella está representada por la porfiada disminución del consumo total nacional que, aunque las cifras lo rebatan, llegan a la cifra récord mínima, en 2006, de sólo 17 litros per cápita. La explicación está en el hecho que mientras la punta de la pirámide económica social demanda cada vez más vino, la base se desplaza hacia el pisco y la cerveza, aunque ambas bebidas también muestran cifras de estancamiento, pero dentro de un esquema expansivo.
Aunque parezca una trillada arenga política, el vino chileno debe reconquistar a su pueblo, a la "querida chusma" de Alessandri Palma, o bien, simplemente al "roto", ese que tomaba vino tinto a la hora del desayuno para "criar sangre" y tener fuerzas para mover sacos en la Vega Central, que ahora desplazan montacargas motorizados. Entonces llegaremos a rangos de consumo como antaño, cuando superábamos, no hace más de 15 años, los 40 litros per cápita, cifra alrededor de la cual oscilan los consumos de vino de todos los países vitivinícolas del mundo, sin caer, por supuesto, en la desgracia del consumo desordenado o del alcoholismo.
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