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Crónicas

Racimo 2, Uva 10: Contra natura

Contra natura

Entre todas las virtudes que posee el vino, destaca ser deposi¬tario de una que posiblemente es única; casi todo lo que tiene que ver con él es hermoso, verdadero solaz para los estetas y la generalidad de los seres humanos provistos de sensibilidad ele¬mental. Los viñedos son un regalo para la vista, en todas las esta¬ciones; cada una con un mensaje vital y profundo. Las bodegas antiguas y modernas están rodeadas de un aura de miste¬rio y señorío que encierra belleza; las vasijas, ya se trate de las tradicionales de madera o de las actuales de acero inoxidable, evocan cuadros renacentistas e impresionistas, respectivamente.

Al continuar con este breve recuento, destacan, sin parangón al¬guno, la estilizada figura de las botellas creadas para envasar vinos, las copas de cristal am¬plias y esbeltas para beberlo, lo que termina con una liturgia implícita en el servicio del pro¬ducto que es atractiva, siempre que no se caiga en excesos cursis.

También son un aporte a la estética las fae¬nas que comprenden los procesos de su pro¬ducción, a pesar de que la modernidad ha cerrado las puertas a la intervención humana masiva, que generaba la presencia animada de verdaderas obras de arte vivientes. Pero hay una ingrata excepción: me refiero al acto de catar o degustar; se trata de una loable actividad profesional que consis¬te en ingerir vino sólo hasta la cavidad bucal, realizar dentro de ella verdaderos enjuagues, respirar para provocar una exacerba¬ción de sus aromas, y enseguida expelerlo, mezclado con los hu¬mores humanos relacionados con la boca.

Evidentemente, se tra¬ta de un proceso antiestético. Pero es una faena técnica indis¬pensable que, de hecho, es un verdadero arte. Es la única manera de poder clasificar y calificar vinos y en la práctica, quienes tienen mejores aptitudes para ejercer este arte, logran entregarnos vinos más sublimes. Los enólogos ejercen esta noble función casi todos los días, varias horas; es obvio entonces que si tragaran todo lo que catan diariamente, terminarían en pésimas condiciones físi¬cas y seguros candidatos a no ser longevos. Sin embargo, lo que hasta aquí expongo no merece reparo alguno, pues se traía de fun¬ciones profesionales hechas en la soledad de salas ad hoc para degustar, o bien en laboratorios habilitados para este trabajo artísti¬co y profesional.

Lo que deploro son las catas públicas, propias de exposiciones o ferias de vinos, realizadas masivamente por los visitantes, quienes a la vista de todos los presentes, y muchas veces aglomerados, sin recato alguno, literalmente deben escupir dentro de tiestos donde antes lo han hecho muchos otros. Se trata de un acto que re¬cuerda a funciones biológicas que todo ser civilizado realiza en privado; es más (que me disculpen los puristas), a mí, personalmente me evoca el pecado de Onán, es decir, una acción contra natura, agravada por ocurrir en público.

Espero que no se me malinterprete; afir¬mo que los participantes en ferias ca¬ten vinos, es altamente positivo y se debe fomentar. Por ello pro¬pongo civilizar el asunto a través de promover que el ingrato acto de expeler lo ingerido, con los agregados ya descritos, se haga en privado. ¿Cómo? Tan simple como realizarlo detrás de un elemen¬tal biombo y, si deseamos la perfección, dentro de casetas dotadas de recipientes bañados con agua corriente abundante, conectados a las alcantarillas, que es el destino natural de las excretas descritas. Me adelanto a pedir disculpas por mi descarnada descripción; pero estimo que lo feo también debe ser motivo de análisis.



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