Crónicas
Racimo 2, Uva 7: Verano, el vino y el arte de amar
Extraído del libro "A propósito del vino", disponible en librerías.
El hecho de amar, por ser una actividad muy grata, cotidiana y normal entre un alto porcentaje de la población adulta, tiene una relación estrecha con el consumo de bebidas alcohólicas, que también es habitual entre este grupo humano. Por lo tanto, en mi calidad de pretendido cronista del vino no puedo soslayar el tema. Sobre todo en el transcurso de un ardiente verano.
Como no soy, ni pretendo ser, autoridad en las lides amorosas, para adentrarme en el asunto, consulté algunos libros especializados en sexología, articulistas del rubro, atletas del área, además, donjuanes reconocidos y con patente al día. Lamentablemente, ninguna de las fuentes señaladas me proveyó respuestas profundas y satisfactorias. En efecto, los dos primeros abordan el tema desde un punto de vista científico, básicamente fisiológico, y los otros caen en el campo de la conquista, el “flirt” y la aventura, los que, lejos de escandalizarme, tampoco responden mis inquietudes sobre este delicado tema. Yo me refiero, lo dice el título de esta crónica, al “arte de amar”, es decir ese acto de entrega que está muy lejos de la lujuria pura, ya que debe implicar una entrega de cuerpo y alma: El amor entre seres que se aman de verdad, integralmente.
Por lo tanto, me interesa tratar de visualizar la relación del vino, que es arte en sí, y el amar con el verdadero arte dentro del arte de amar (redundancias válidas). No me resultó fácil el desafío. La primera conclusión que me permito sostener es importante: se trata de artes compatibles, siempre que lo ingerido (como siempre en todo lo que relacione con el hecho de beber vino) sea en cantidades moderadas. Que ojalá, ella y él beban, pues puede ocurrir que el olor emanado del vino sea ingrato para una de las partes y, por lo tanto, rompa la armonía que debe existir, como norma elemental de las artes que me preocupan.
Entrar a referirse al tema “in extenso” va más allá de mis capacidades, por ello una vez más, recurro a un escritor, (dramaturgo en este caso), para explicar temas complejos. En esta oportunidad nada menos que a Shakespeare. Su obra magistral, Macbeth (acto II, escena III) resume, en pocas líneas, con maestría, lo que al común de los mortales nos obligaría a ocupar varias páginas:
“MACDUFF: ¿Tan a deshora os recogéis, buen amigo, que así de tarde os levantáis?
PORTERO: Es que estuvimos bebiendo, señor, hasta que el gallo cantó por segunda vez; y la bebida, señor, estimula mucho a tres cosas.
MACDUFF: ¿Cuáles son esas tres cosas que la bebida estimula especialmente?
PORTERO: Enrojecimiento de la nariz, modorra y orina. También provoca lujuria, pero la abate: despierta el deseo e impide la ejecución”.
Puede decirse, por ello, que el exceso en la bebida es un perjuicio de la lascivia: la crea y la desfigura, la excita y la desanima, la acaricia y la despide, la alienta y no la suele sostener; en conclusión, la engaña y una vez engañada la abandona.
Hago notar que el portero señala la palabra exceso, que yo subrayo en el texto reproducido, concepto que es coincidente con lo que referí al comienzo. Además, me atrevo agregar que el exceso frente al arte de amar puede desfigurarlo de tal manera que, en lugar de cobijarse en los brazos de la amada se caiga, irremediablemente, en los de Morfeo (dios del sueño). Ello, además de desdoroso, constituye una inexcusable falta de consideración hacia la dignidad femenina.
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