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Crónicas

Racimo 2, Uva 4: La virtud de la infidelidad

A propósito del vino

Los fabricantes de Coca-Cola y otras bebidas estandarizadas de carácter internacional, se vanaglorian porque las producen, virtualmente, idénticas en todas partes del mundo. Son verdaderos ejemplos notables de estandarización.

Existen muchísimos bebedores de vinos que buscan en el vino este principio de invariabilidad y se ufanan de ser “sólo tomadores de tinto” o “de blanco”. Otros señalan consumir siempre determinada marca y finalmente unos pocos más evolucionados, sólo una determinada variedad.

Lo expuesto es una muestra tangible de desconocimiento respecto a lo que es el vino y también de lo que representa. Se olvidan los seguidores de estas costumbres, que es un producto natural, variable, eminentemente heterogéneo, que obedece posiblemente a varios miles de circunstancias, sin perjuicio, que está siempre en evolución (un vino tomado hoy no será igual dentro de 30 días más). Por si esto fuera poco, cada año la naturaleza nos regala con una nueva cosecha, distinta a la anterior, jamás igual.

El caso específico de los vinos chilenos, compiten con más de ciento sesenta viñas y es posible suponer que se ofrecen al mercado, cada año, cerca de seiscientos vinos distintos, provenientes de, aproximadamente, quince variedades y posiblemente originadas en más de ocho regiones diferentes, con la supervisión de diversos enólogos que por supuesto tienen apreciaciones y gustos propios.

Por lo tanto, quienes amamos el vino, tenemos una gama para elegir, comprar y combinar con distintos alimentos, que por su amplitud, se podría clasificar como un verdadero regalo divino. No discuto que es lícito tener vinos “regalones”, pero abstenerse de escudriñar el universo vinero es un despropósito. Quienes tienen esta errónea conducta de consumo, pierden una parte importante de los agrados que nos otorga el producto, y además no pueden progresar en sus respectivas culturas enológicas, cada día más en boga.

Para comprobar mi aserto sugiero una experiencia, que yo he realizado con muy buen éxito: cuando celebre una fiesta en su casa, en vez de servir uno o dos vinos diferentes, ponga en una mesa ad hoc, por ejemplo tres blancos y tres tintos (o más si es posible) de distintos orígenes y variedades. Proponga a sus invitados que ellos mismos se sirvan de unos y otros y que comparen. Estoy seguro que “sacará aplausos” y de paso reclutará nuevos adeptos al vino.

Para terminar una advertencia de los objetivos de resguardar la tranquilidad de los moralistas y desilusionar a los que “se ríen en la fila”, hago notar que la infidelidad la considero una virtud sólo cuando se refiere al vino.



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