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Crónicas

El estatuto del vino de Pablo Neruda

Pablo NerudaSe desconoce la fecha exacta en que el poeta escribió el Estatuto del Vino; sus biógrafos señalan que Residencia en la Tierra comprende un largo período, que se extiende entre los años 1925 y 1932. Al reflexionar sobre el entorno social de entonces, época de huelgas salitreras, de la pobreza dura de los cités, tan bien descrita por González Vera en su inmortal novela–denuncia “Vidas Mínimas”, se comprende que nuestro vate-enólogo estuvo influenciado por los poetas malditos, aquellos que en lugar de la droga recurrían al alcohol y entre nosotros, específicamente, al vino. Es la época del llamado vino negro, cuando el alcoholismo destruía las entrañas y el alma de nuestro pueblo mal alimentado, que llegó a consumir más de 90 litros por habitante año (en 2008, sólo 18). Se nota la influencia del Rubén Darío borracho de algunos cafés de Paris, los vinos crepusculares de Las flores del mal de Baudelaire y la senda etílica de Edgar Allan Poe. El texto del Estatuto, es una conjunción de protestas, en ningún caso contra el vino, si no que en defensa de los pobres desposeídos que se cobijaban bajo su manto, para ahogar sus sinsabores y su hambre. No resulta fácil ni fluido encontrar la arista enológica de su texto, pero se aborda, escudriñando cada una de sus estrofas:

Cuando a regiones, cuando a sacrificios
manchas moradas como lluvias caen,
el vino abre las puertas con asombro,
y en el refugio de los meses vuela
su cuerpo de empapadas alas rojas.

Se trata de una descripción del proceso productivo integral, a través del año, y refiere el sacrificio que afrontan quienes intervienen en la larga faena.

Sus pies tocan los muros y las tejas
con humedad de lenguas anegadas,
y sobre el filo del día desnudo
sus abejas en gotas van cayendo.

Continúa su descripción, sobre la base de recurrir a metáforas hermosas pero plenas de queja y dolor. Las lenguas anegadas se pueden interpretar como una expresión del consumo desordenado de vino, el día desnudo la oquedad del bebedor sin incentivos para vivir y las abejas que caen en gotas, una tenue expresión de dulzura.

Yo sé que el vino no huye dando gritos
a la llegada del invierno,
ni se esconde en iglesias tenebrosas
a buscar fuego en trapos derrumbados,
sino que vuela sobre la estación,
sobre el invierno que ha llegado ahora
con un puñal entre las cejas duras.

El centro de su inspiración, el vino, es demasiado recio para esconderse o buscar refugio; supera las vicisitudes y se impone incluso frente al invierno que ha llegado con un puñal, manifestando intenciones de destruirlo.

Yo veo vagos sueños,
yo reconozco lejos,
y miro frente a mí, detrás de los cristales
reuniones de ropas desdichadas.
A ellas la bala del vino no llega,
su amapola eficaz, su rayo rojo,
mueren ahogados en tristes tejidos,
y se derrama por canales solos,
por calles húmedas, por ríos sin nombre,
el vino amargamente sumergido,
el vino ciego y subterráneo y solo.

Reuniones de ropas desdichadas; se podría interpretar como el hombre deshumanizado a quien la bala del vino, la fuerza que otorga, ni siquiera le alcanza a llegar, se sumerge (amargamente) y queda sólo. Muy pocos gozan con el; lo acaparan los poderosos.

Yo estoy de pie en su espuma y sus raíces,
yo lloro en su follaje y en sus muertos,
acompañado de sastres caídos
en medio del invierno deshonrado,
yo subo escalas de humedad y sangre
tanteando las paredes,
y en la congoja del tiempo que llega
sobre una piedra me arrodillo y lloro.

El poeta enólogo está de pie defendiendo al vino y llora a los caídos por su efecto ¿Trabajo deshumanizado para producirlo en beneficio económico de unos pocos? O, tal vez es una denuncia a los estragos causados en la masa consumidora debido a su consumo desordenado, proveedor de calorías espurias.

Y hacia túneles acres me encamino
vestido de metales transitorios,
hacia bodegas solas, hacia sueños,
hacia betunes verdes que palpitan,
hacia herrerías desinteresadas,
hacia sabores de lodo y garganta,
hacia imperecederas mariposas.

El se desespera, se encamina hacia bodegas abandonadas donde encuentra sabores a lodo y garganta, hacia mariposas que, de cierta manera, lo ayudan a sublimizar lo lóbrego que anida en su alma.

Entonces surgen los hombres del vino
vestidos de morados cinturones,
y sombreros de abejas derrotadas,
y traen copas llenas de ojos muertos,
y terribles espadas de salmuera,
y con roncas bocinas se saludan
cantando cantos de intención nupcial.

¿Consulta o reflexión: se referirá a los obispos que él manifestaba odiarlos, y lo obsesionaron muchas veces, más explícitamente, con posterioridad, a través de su conmovedora España en el Corazón, al igual que las señoras de confortable té y asiento?

Me gusta el canto ronco de los hombres del vino,
y el ruido de mojadas monedas en la mesa,
y el olor de zapatos y de uvas
y de vómitos verdes:
me gusta el canto ciego de los hombres,
y ese sonido de sal que golpea
las paredes del alba moribunda.

Aquí se detecta un dejo de ironía que se une con el mensaje de la estrofa anterior. Los hombres del vino, los dueños de las viñas, provocan ruidos de monedas mojadas y drásticamente refiere ingratos vómitos verdes y un canto, pero ciego.

Hablo de cosas que existen, Dios me libre
de inventar cosas cuando estoy cantando!
Hablo de la saliva derramada en los muros,
hablo de lentas medias de ramera,
hablo del coro de los hombres del vino
golpeando el ataúd con un hueso de pájaro.

Se detiene para advertir que no está en proceso de divagación y como una excepción en toda su obra menciona a Dios, en este caso para que lo libre de mentir: las lentas medias de ramera, la saliva derramada y otras metáforas golpeadoras no dan un respiro para suponer un brote conciliador en todo lo que canta.

Estoy en medio de ese canto, en medio
del invierno que rueda por las calles,
estoy en medio de los bebederos,
con los ojos abiertos hacia olvidados sitios,
o recordando en delirante luto,
o durmiendo en cenizas derribado.

Se mezcla con las víctimas que él denuncia y en medio de ellas, alcanzan más validez los variados pero concéntricos cantos-denuncia que inspiran todo su Estatuto

Recordando noches, navíos, sementeras,
amigos fallecidos, circunstancias,
amargos hospitales y niñas entreabiertas:
recordando un golpe de ola en cierta roca
con un adorno de harina y espuma,
y la vida que hace uno en ciertos países,
en ciertas costas solas,
un sonido de estrellas en las palmeras,
un golpe del corazón en los vidrios,
un tren que cruza oscuro de ruedas malditas
y muchas cosas tristes de esta especie.

Esta bella estrofa tachonada de metáforas parece una especie de remanso, dentro de tanta dureza; pero no abjura del tono central de la obra; la denuncia.

A la humedad del vino, en las mañanas,
en las paredes a menudo mordidas por los días de invierno
que caen en bodegas sin duda solitarias,
a esa virtud del vino llegan luchas,
y cansados metales y sordas dentaduras,
y hay tumulto de objeciones rotas,
hay un furioso llanto de botellas,
y un crimen, como un látigo caído.

Nuevamente, con la elocuencia que le es inherente, conmueve al reforzar, con más y originales argumentos, los sentimientos que el vino y su entorno lo inspiran.

Cierra el Estatuto con dos estrofas que reafirman el patetismo que empujaba entonces su vena de poeta enólogo:

El vino clava sus espinas negras,
y sus erizos lúgubres pasea,
entre puñales, entre mediasnoches,
entre roncas gargantas arrastradas,
entre cigarros y torcidos pelos,
y como ola de mar su voz aumenta
aullando llanto y manos de cadáver.

Y entonces corre el vino perseguido
y sus tenaces odres se destrozan
contra las herraduras, y va el vino en silencio,
y sus toneles en heridos buques en donde el aire muerde
rostros, tripulaciones de silencio,
y el vino huye por las carreteras,
por las iglesias, entre los carbones,
y se caen sus plumas de amaranto,
y se disfraza de azufre su boca,
y el vino ardiendo entre calles usadas
buscando pozos, túneles, hormigas,
bocas de tristes muertos,
por donde ir al azul de la tierra
en donde se confunden la lluvia y los ausentes.

La sucesión de metáforas y mensajes subliminales que contienen estas dos estrofas, inducen a una interpretación libre: son una clara protesta contra las Ligas Antialcohólicas, de corte puritano tan en boga en aquellos años, en que se pregonaba con mucha fuerza la absurda Ley Seca estadounidense y, sin mencionarlo parece discrepar de sus camaradas políticos, quienes calificaban a los viticultores como envenenadores del pueblo. En estos versos Neruda, al igual que cualquier enólogo contemporáneo que detectara amenazas para el vino se la juega, integralmente, para defenderlo.

Conclusión

El Estatuto del Vino, es una obra poética de singular trascendencia, original y enriquecedora de la ya rica obra del poeta. Pero ella por si sola, dada su marcada orientación a la crítica social descuida su función de enólogo y propagador del cántico del fruto. Sin menoscabar su importancia, es presumible que si ella no estuviera ricamente complementada por otros poemas relacionados con el vino, el título de Enólogo Honoris Causa no se le habría otorgado con la unanimidad que le fue conferido.



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