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Crónicas

Racimo 2, Uva 1: El vino y el arte de conversar

Uva 1

El consumo de vino en Chile ha descendido a niveles muy bajos; en 1960 cada chileno bebía 50 litros anualmente, en 1985, 40 y en 2006, menos de 17. Para atender reiteradas consultas periodísticas sobre el tema, dispongo de una suerte de respuesta “tipo”: “El vino compite ahora con la cerveza y el pisco, que han desarrollado un marketing agresivo y espectacular, a ello se une el mayor consumo de café, helados y otros líquidos que tienen un mismo objetivo: nuestro estómago”, otra serie de argumentos que ni siquiera a mí me convencen.

He elaborado mi propia teoría para explicar el fenómeno: el vino es una bebida que no se traga; se conversa. Federico García Lorca, eximio poeta español, lo expresó en forma clara y concisa. Al referirse a una botella de vino exclamó, “cuánta conversación hay allí dentro”. Carente de su maestría debo ocupar varias líneas para demostrar que la verdad expresada por él, es absolutamente pertinente para explicar el fenómeno expuesto.

En efecto, por lo menos en las grandes ciudades, la conversación está en retirada; la jornada de trabajo que alcanza una extensión real de nueve horas y media diarias, (hasta 2004), para cumplir así la norma legal de cuarenta y ocho horas a la semana y abstenerse de trabajar los sábados, unida la “jornada única”, instaurada en 1965, no dan tiempo para conversar, ni siquiera “en seco”. Se suma a ello el crecimiento de las urbes, lo que cada vez demanda mayor tiempo para trasladarse. Lo expuesto ha transformado a nuestros conciudadanos en seres estresados, taciturnos y apurados. Pasaron al recuerdo aquellos bares del centro de Santiago (“Las Cantinas Muertas”, según Lafourcade) donde muchas personas, antes de regresar al hogar, era posible verlas contentas sentadas en torno a una mesa “conversándose” una botella de vino, entre dos o más comensales. Tampoco ahora es posible conversarlas a la hora de almuerzo, linda palabra reemplazada por la abominable “colación”, pues el vino puede causar una leve modorra, que afecta la necesaria reanudación inmediata de las faenas.

Durante la semana, en el hogar, quienes trabajamos, casi siempre arribamos cansados y generalmente introvertidos, por lo tanto se prefieren bebidas “tragables” sin “gasto de tiempo”, como la cerveza y ese brebaje deleznable llamado “piscola”, que sabe a una suma de peineta barata mezclada con perfumes ordinarios pero, debido a su dulzura exagerada, “pasa rápido”.

Se suma a lo anterior, para determinar la caída del consumo, el fin de los antiguos tragadores populares, aquellos que en un bar escondido, o ilegalmente en un “clandestino” o botillería no habilitada, solicitaban un “medio pato” (un cuarto de litro, proveniente de garrafas o chuicos, envases de 5 y 15 litros, respectivamente, desaparecidos hace muchos años), que libaban de un solo sorbo, sin respirar, “hasta verte Cristo mío”. En realidad al realizar la “proeza” no hablaban, pero, a los pocos minutos, muy pocos quedaban en silencio; el vino les soltaba la lengua y mataba sus múltiples frustraciones, conversando “sobre lo humano y lo divino”. ¡Chilenos todos, trabajemos menos y bebamos más (vino)!, os aseguro que seréis más conversadores, felices y como directa consecuencia crecerá varios puntos más el endiosado PGB, por añadidura.



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