Crónicas
Racimo 1, Uva 6: Vino y divinidades
Extraído del libro "A propósito del vino", disponible en librerías.
Se sabe que el consumo de alcohol acompaña a la humanidad desde sus manifestaciones más arcaicas, obtenido a partir de raíces o frutos silvestres. En las primeras civilizaciones avanzadas, nacidas en torno a los valles del Nilo y del Trigis-Eufrates, el consumo más común era de cerveza generada a partir de los diferentes granos y “vino” hecho de dátiles. Entre los egipcios, asirios y babilonios y todas las demás civilizaciones de aquellos tiempos, el vino era escaso y sólo consumido, esporádicamente, por la realeza y las clases más pudientes; se trataba de un lujo. Además el vino de uva (el verdadero) fue la primera bebida de graduación alcohólica elevada y de evidente mayor calidad que las primarias. Su existencia era tan apreciada que ya en el V milenio a.C. tenía asignado un dios: Pa Geshtin-Dug, en la citada cultura asirio-babilónica. Se debe tener en cuenta que las primeras bebidas destiladas, con mayor graduación que el vino, fueron recién inventadas por los árabes, en los comienzos del segundo milenio d.C. Por lo tanto, el vino por mucho tiempo fue la bebida más “potente” que se conocía.
La asignación de dioses al vino fue asimilada por los griegos con su Dionisio y los romanos por Baco, quienes también lo consumían entre las elites, ya que recién lo popularizaron cuando el imperio romano estaba plenamente consolidado.
Los historiadores coinciden en explicar que la relación entre vino y divinidad proviene, fundamentalmente de las siguientes razones:
Existe una concordancia entre el comportamiento de la vid que renace en primavera y muere en invierno, al presentarse como un tronco inerte e inanimado, y las ansias atávicas del hombre por ser inmortal o renacer. Además, es una manifestación permanente de fertilidad.
Se le consideró una especie de elixir (que significa literalmente, remedio maravilloso) al ser comparado con las otras, muy mediocres, bebidas alcohólicas disponibles en aquellas épocas.
En el caso del vino tinto, su color rojo, similar a la sangre humana, dio origen a la sustitución de la muerte de personas como sacrificio a las divinidades, por ofrendas con vinos. Naturalmente, este es un efecto civilizador de inconmensurable significado.
Bebido aún en cantidades relativamente pequeñas, generaba una sensación de arrobamiento, es decir quedar fuera de si, lo que se asociaba a encontrarse cerca de la presencia de los dioses.
El tema, incluso para quienes no giran en torno al vino, es sin duda apasionante y lleno de artistas que dan para escribir varios libros. Sin duda lo más significativo incluso para los no creyentes, es su enlace con la sangre de Cristo.
Se trata de un tema que por sus alcances merece una profunda meditación y mayor delicadeza. La verdad es que me encuentro sometido a todo ello y les ofrezco emitir una crónica al respecto, con mucha prudencia y mayor respeto, en un futuro no muy lejano.
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