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Crónicas

Racimo 1, Uva 5: La estela del tren

La estela del tren

En torno al Tren del Vino hay una simbología profunda que va más allá de su belleza intrínseca, unida a un respetable culto al pasado.

No faltará quien objete el título de esta crónica, pues opinará que los trenes no dejan estela, pues ella es propia de las naves. Pero el que abordé hace más de un par de meses, (Mayo de 2004) al disfrutar su viaje inaugural entre San Fernando y Santa Cruz, dejaba tras de sí una estela invisible, que palpé como la expresión necesaria para borrar muchos años, tal vez demasiados, de indiferencia y menosprecio al vino. Yo vi como esa estela blanca cubría a sus detractores, de no hace mucho tiempo, que le achacaban los problemas del alcoholismo, a los esnobs que lo consideraban bebida de rotos y a las seudo puritanas que lo evitaban, por no estimarlo apto para las mujeres. Vi también ahogarse en ella a los “estadistas” obsoletos que les interesaba el vino sólo como fuente de ingresos tributarios inagotables; además a los que, por considerarlo prescindible, impidieron para la industria vitivinícola la importación de maquinarias y materias primas para construir contenedores, compatibles con la modernidad.

Pero esa estela, ahora matizada con el evocador olor a humo, abre nuevas rutas hacia el honor y la gloria del vino; se ofrece a los visitantes un valle vitivinícola, el de Colchagua, excelso por sus atractivos naturales, pleno de bodegas que semejan cuadros clásicos o impresionistas, según el caso, rincones rurales que expresan la chilenidad colchagüina inconfundible, hasta alcanzar la Estación de Santa Cruz, reconstruida de acuerdo a los planos originales. Ello demuestra un acertado y oportuno homenaje al exquisito gusto de los arquitectos del siglo XIX.

No es una costumbre que a través de esta columna mencione personas; pero a veces las excepciones son necesarias, pues se transforman en una grata obligación. Vaya este breve preámbulo para rendir un reconocimiento claro y directo a Carlos Cardoen Cornejo: él es el alma del tren; los pitazos con los que la locomotora a vapor nos emocionó aquel día, invito a interpretarlos como un homenaje a su persona, por su tenacidad e imaginación que le permitieron alcanzar la meta.

Con la colaboración de otros que creyeron en su iniciativa, ha entregado al vino, sus cultores y a los visitantes, tanto chilenos como extranjeros, una fuente de atractivo turístico en beneficio no sólo del Valle de Colchagua. También a toda la industria vitivinícola chilena, a través de una estela creativa que induce a mirar el pasado, en este caso a través de un tren a vapor que, además de evocador, abre las puertas del futuro y es rentable para el alma; ello es suficiente. Lo demás “vendrá por añadidura”.



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