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Crónicas

Uva 3: Renacer

Renacer

Entre las muchas razones que han hecho de la vid y el vino entes entrelazados estrechamente a las divinidades, sin duda alguna, la vendimia es una de las facetas más significativa para generar tan noble posición. Es sinónimo de vida plena y por lo tanto, originada en el amor; es una muestra visible de la resurrección frente a la muerte, representada por la casi tétrica desnudez invernal de las parras. Es también, el momento en que la naturaleza nos regala la vid o uva madura, madre del vino, cuya magnificencia ha sido, reconocida sin reparos como un regalo de la naturaleza.

Pero también existen razones terrenales y materialistas que inducen a incluirla entre las actividades gratas del ser humano, desde los primeros tiempos en que el vino comenzó a acompañarlo. Debe tenerse presente que, en épocas pretéritas, era de ordinaria ocurrencia que el vino no alcanzara a cubrir las necesidades de los consumidores, entre una vendimia y la siguiente. Guerras, pestes, inundaciones, malos métodos de conservación y otros flagelos terminaban con las reservas y, por ende, obligaban a involuntarias abstinencias. De ahí que la llegada del el período de la vendimia era recibido con grandes manifestaciones de alegría, desde los ámbitos de reyes hasta el de los esclavos. Nacieron así espontáneamente, las fiestas de la vendimia, las que se constituyeron como parte integrante de las tradiciones más profundas de carácter integral, es decir desde la elite social hasta los estratos populares. Han llegado a ser casi atávicas en, virtualmente, todos los países vitivinícolas. Son numerosos y muy significativos los registros históricos y gráficos que se refieren al tema, a través de toda la historia y diferentes civilizaciones.

La hermosa fiesta del vino no se reprodujo en Chile, a pesar de ser nosotros herederos de las tradiciones vitivinícolas del viejo mundo. He investigado por mucho tiempo la razón de esta “originalidad”. Esto motivó en mis largas cavilaciones y formulación de teorías que resultaron siempre ser erróneas. Pero, felizmente, mis preocupaciones en torno al tema se han resuelto. La clave para explicar esta realidad nacional me la otorgó, hace muy poco tiempo, un buen amigo estudioso de nuestras costumbres. Ocurre, según su aceptable punto de vista, que el pueblo chileno, especialmente el rural, hasta mediados del siglo XX, era muy respetuoso de la Cuaresma, que comienza a fines de febrero, con el Miércoles de Ceniza y culmina con la Semana Santa, que generalmente se celebra los primeros días de abril. Por lo tanto, el período de abstinencia y recogimiento cuaresmal coincide en nuestro Hemisferio Sur, exactamente, con el de la vendimia. No era, por lo tanto, aceptable para los campesinos de entonces, realizar fiestas y expresar jolgorios en una etapa del año que invita a observar la espiritualidad. Profunda y seria explicación que acogí con agrado y de paso, creo, contribuir a la explicación de un curioso enigma.

Es cierto que debido al renacimiento del vino en Chile, han surgido varias fiestas de la vendimia, institucionalizadas, en distintos sectores vitivinícolas de la zona central. Sean muy bienvenidas y fomentadas. Son un aporte valioso a las variadas atracciones turísticas que deben acompañar al vino chileno. Pero, pretender que éstas tienen raíz popular, o forman parte de nuestro folklore, está muy lejos de la realidad. Para reafirmar la teoría sugerida, he revisado muchos versos de los calificados poetas populares chilenos, de los siglos XIX y primera parte del XX, que se han referido al vino y sus quehaceres: “Salvo error u omisión”, ninguno se inspira en la vendimia. Entre los llamados cultos existen lindos ejemplos. A lo mejor, será tema para la próxima vendimia.



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