Crónicas
A Ignacio Lauterbach lo dejó el tren
Diciembre, Navidad y todo lo que ella implica me induce a descansar de cifras y análisis. A cambio, relataré un notable hecho real desconocido, donde la mano de quien este mes celebramos su natalicio parece haber intervenido, para el bien del vino chileno.
Ignacio Lauterbach nació a principios del siglo recién pasado en el seno de una familia campesina alemana católica, compuesta por muchos hermanos. Desde muy niño destacó por su afición al estudio; siendo joven se incorporó de lleno a labores parroquiales que combinaba con sus estudios de enología. Su formación cristiana desde un comienzo lo indujo a rechazar los principios filosóficos del nazismo y llegado Hitler al poder, a comienzos de la década de los años treinta, no se sintió cómodo en su patria y decidió autoexiliarse en Suiza. En esos años no era fácil desplazase por Europa para ejercer su profesión con mayores perspectivas que en la acogedora, pero pequeña, vitivinicultura suiza. Contactado por Viña San Pedro emigró a nuestro país en 1937, dispuesto a ejercer la enología, aprendida en Alemania y practicada en Suiza. Apenas llegado, los dueños de la empresa lo designaron administrador de las viñas y la bodega principal, ubicadas en Lontué, con la obligación adicional de atender también la bodega que la Viña poseía en Tomé para abastecer con sus vinos Concepción y lugares aledaños. Su gran capacidad técnica fue un sólido aporte para Viña San Pedro y toda la enología chilena del siglo XX.
No obstante ser un hombre menudo, su fenotipo teutón era inconfundible: ojos azules, tez rosada y carácter fuerte, sin carecer de cordialidad. De inmediato se impuso y ganó el respeto y simpatía de todos, pues demostró ser un enólogo eximio y generoso, además de meticuloso, administrador ordenado y trato autoritario pero justo hacia sus subordinados. Su vida estaba regida por esquemas de trabajo impuestos por el imperio del reloj y el calendario. Dentro de su exigente e inmutable agenda, todos los jueves se hacía presente en la estación del ferrocarril de Lontué para abordar el tren proveniente de Curicó que a las 16:32 lo conducía a Chillán. En esa ciudad se alojaba en el Hotel de la Estación para abordar, temprano en la mañana siguiente, otro tren que corría hacia Tomé y desde ahí, bordeando el mar, hasta Concepción. En todo el trayecto las viñas estaban siempre en el paisaje.
En cumplimiento de este invariable ritual, el jueves 24 de enero de 1939 Ignacio dispuso las últimas instrucciones en la bodega bajo su mando y le ordenó a Marcial, el cochero, al igual que en más de 150 jueves anteriores, que lo condujera a la Estación. Como de costumbre, arribó a las 16:20, se detuvo en la orilla del andén para subir por la pisadera delantera del primer carro, como siempre lo había hecho. El ruidoso convoy envuelto en humo y vapor, tal vez contagiado por el alemán, rigurosamente cumplía su itinerario; él lo esperaba con la tranquilidad que lo caracterizaba. El tren se detuvo los cinco minutos reglamentarios, pero, a diferencia de lo que siempre ocurría, esta vez Ignacio no ascendió de inmediato. Al jefe de la estación, Dagoberto Gallardo, le llamó la atención este cambio en sus invariables costumbres. Llegó el momento de hacer sonar el pito que ordenaba la salida del tren, e Ignacio continuaba sin moverse, petrificado como si se tratara de una estatua. Dagoberto supuso que se había arrepentido de viajar y sin mayores trámites piteó para dar la orden de partida al convoy. La estación quedó libre del tren, pero el enólogo continuaba inmóvil. Naturalmente preocupados, él y su ayudante corrieron a verificar qué le ocurría. Comprobaron que su aspecto físico era el de siempre, pero sometido a una suerte de somnolencia. Lo acogieron y en la oficina de la Estación recobró, rápidamente, su estado normal.
Consultado qué le había ocurrido, relató que su último recuerdo era la ruidosa llegada del tren, pero que después una amable mano lo acogió y le señaló hermosos paisajes desconocidos. Tanto a él como a sus cercanos les preocupó el suceso. Pero su normal salud física y mental, ni remotamente alteradas, jamás estuvieron en duda. Volvió a su casa en Lontué, fue acogido por los suyos y pidió no divulgar lo ocurrido; y comunicó a través de sendos telegramas que no llegaría a alojar al hotel en Chillán, como tampoco a Tomé.
Esa noche se acostó contrariado, pues no había podido cumplir su estricto programa, pero pronto se quedó dormido, tal vez cansado frente a un día tan anormal. Sin embargo, a las 23:32 un fuerte y largo temblor lo despertó. Como ocurre casi siempre en estos casos, pensó que “en otro lugar tiene que haber sido terremoto”. En su calidad de buen cristiano ofreció una oración y reinició el sueño.
En la mañana siguiente, muy temprano, una trágica noticia invadía Chile y el mundo. Chillán había sido el epicentro del terremoto más intenso registrado en este país hasta entonces (10 en la escala de Mercalli y 7,8 según la de Richter). La prensa informó de 30 mil muertos y 35 mil viviendas destruidas. Entre los edificios absolutamente aplastados, donde murieron todos sus moradores, se destacaba… el Hotel de La Estación.
Ver artículo original:
www.cronistas.cl/articulo97_A_Ignacio_Lauterbach.html
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